Archivos

Demasiado bueno para ser verdad

Después de ese debacle anduve oculto en mi caparazón.  Aislado, evitando toparme con cualquier mujer. Como secretamente creyendo que llevaba el bochorno pintado en la cara de huevón. Un viernes al final del día sonó el celular. Era mi pata Rodolfo. Habíamos sido siempre los mejores amigos en la secundaria. Un buen día, como tanta otra gente, se mandó a mudar a los United. Ahí vivía desde hacía una década. Oye comparito. Adivina. Estoy en Lima. Adivina más. Esta noche nos perdemos. Se había colado en una delegación de su universidad. Era el guía, traductor, dealer, guardaespaldas y chacal del grupo. Venimos de camino del aeropuerto y la gente tiene sed. Hacemos el check in y te recojo en el Ovalo de Miraflores en una hora. Chau comparito. Oye, Rodo, pero. Que falta de respeto. No me dejó tiempo de hacer el amague, contarle acerca de mis heridas, decirle que tenía sueño, ni siquiera tiempo para hacerme el indispuesto. Una hora más tarde estaba ahí paradito en el ovalo con mi cara de huevón y esas fachas que tienen todos los oficinistas cuando están de asueto. Una combi nueva se aproximaba. Rodo asomaba su cabezota despeinada por la ventana del pasajero. Silbaba ruidoso. Compariiiiito ¡Súbete al toque! Me trepé como pude en la parte de atrás. De pronto no sé lo que vi, solo sé que no me lo esperaba. Mis ojos eran dos platos, mi mandíbula colgaba. Dentro de la combi, a mi ladito nomás había como cien gringas. Todas buenotas. Todas doradas, todas patonas, saludables, potentes, sonrientes y sobretodo desatadas. El corazón se me aceleró. Me sobrevino un soponcio. La combi se puso en marcha. Yo seguía pálido. A las chicas solo les causaba gracia mi sincope. Lentamente pude estudiar la situación al detalle. En realidad no eran cien sino cinco chicas. Rodolfo se reía conmigo. Mira lo que te he traído hermanito. Sírvete nomás con confianza. Reímos en complicidad. Las gringas nos seguían la corriente sin entender nada. Anduve medio bobo un par de cuadras. Las gringas me hablaban de no sé qué. Solo me sonreían más lindas y yo me ahuevaba más. Mi inglés de la Trilce se esforzaba por seguirles el juego sin cagarla mucho. Nos fuimos directamente a un bar en Barranco. Piscous sour! Rugió una gringa narizona tras revisar su Lonely Planet. Infalibles, pensé yo. Todos celebraron a gritos sin entender de qué iba la cosa. Una de las gringas se me había pegado, no sé si por el poco espacio de la combi o por simpatía. Se llamaba Keyla. Comenzamos a conversar. Hablaba español bastante bien, yo hice un ampay me salvo mental y puse mi inglés de la Trilce de vuelta en el cajón. Keyla hablaba mucho. Quería saberlo todo. En qué lugar vivía, cuantos hermanos tenía, como era la vida en el Perú, como era la música, la comida, la cultura. Muy rápidamente saqué línea de que ella era sería mi objetivo esa noche. Se quedarían una semana y yo ya me imaginaba paseando a la gringuita por toda la ciudad, bien campante, todo un campeón. No le di vueltas al asunto y le ofrecí mi compañía incondicional de inmediato. La gringa encantadísima con todo. Yo casi me persigné. Minutos más tarde entrábamos del brazo a un bar del Bulevar. Nos ubicamos bien. En una mesita medio a oscuras a un lado de la pista de baile. Dos parejas con cara de aburridas bailaban un merengue de los noventa. Los piscos sour no tardaron en llegar, yo al instante me mande a contar los detalles de la receta con la solemnidad de un catedrático. Para la tercera copa la receta había cambiado tres veces y ya me había mandado con las historias no solo de la bebida, sino también de la ciudad de Pisco, el departamento de Ica, el sur del Perú y hasta la guerra con Chile, todas perfectamente inventadas por mí mismo. Keyla sonreía maravillada. Palmeaba mi pierna de cuando en vez. Se me hacía que no entendía un carajo pero me daba igual. Ese era mi momento de gloria. Inspirado por mi mismo cogí a la muchacha del brazo y la llevé a la pista de baile. Ella me siguió sin resistencia. Rodo aprovechó la viada del momento para arrastrar a otra de las chicas a la pista. Tocaban una cumbia. Comenzamos a bailar juntitos aunque no pegaba con la música. Ella se reía, tenía calor, yo sentía el vaho emanando de su pecho. Me estaba excitando. No quería que se de cuenta. Aun no. Yo le hablaba al oído. Le enseñaba como bailar. Le hablaba de la cumbia, de sus orígenes, de su desarrollo. Me inventaba todo. Ella se dejaba llevar, me sujetaba fuerte. Yo le hablaba solo porque así sentía su perfume fresco. Vi de reojo que otros chicos se habían acercado a nuestra mesa, les hacían la conversación a las tres gringas que quedaron solas. Vi que Rodo entre cada sorbo ya estaba dándose picos con la otra gringa. Sentí prisa por besar a la mía también. Intenté un pequeño amague. Algo como un roce de labios accidental. Ella se apartó sutilmente, en un movimiento también accidental que me dejó confundido. Quise volver a crear un momento como el que había pasado pero entonces comenzó una salsa demasiado movida como para andar apachurrándose. Guardé mis intenciones y me fui al baño volando. Para encaletar el paquete.  Al volver a la mesa los intrusos ya se habían acomodado. Yo rápidamente despaché a uno que ya había comenzado a conversar con la mía. Los demás que bailen con su propio pañuelo, pensé. Entre tanto el lugar se había llenado. Todos nos miraban con envidia. La mayoría eran estudiantes que ansiosamente compartían jarras de cerveza. Le sugerí a Keyla dar un paseo para tomar aire. Aceptó encantada. De alguna forma la gringa se encantaba con todo. Caminamos hacia la plaza y luego bajamos camino al Puente de los Suspiros. Yo por supuesto, muy ávido, le expliqué la historia. Se alegró aunque por primera vez en la noche me había arrojado una mirada de desconfianza. Esa historia de besitos en el puente era por algún motivo demasiado evidente en ese momento. Supe que ese no era el momento de lanzarse a la piscina. Continuamos nuestro paseo por las callecitas estrechas del centro. De vuelta al Bulevar nos detuvimos un rato en la bodega Juanito. Nunca antes había ido a ese lugar acompañado de una chica. Aproveché para beneficiarme de la costumbre sentándonos en el salón de adelante. Le expliqué la normativa de la casa. Bastó con que ella echará un vistazo al salón de atrás, repleto de hombres, para corroborar mi historia. Le pareció una costumbre discriminatoria y un poquito sexista. Yo no entendí ni papa de su argumento. Me daba igual. Entre tanto ya me había pedido dos butifarras y dos chilcanos cargaditos. Otra historia medio gastronómica, medio folclórica siguió. Me sentía creativo, inspirado. Conocía esa sensación y no confiaba en ella, aunque algo me decía que esta vez si tendría suerte. Keyla en todo caso me seguía la corriente feliz. Al probar la comida le entró un no sé qué de emoción. Me rodeó el cuello con sus brazos y me besó en la mejilla. Un beso ruidoso, con muchísimo cariño. Por supuesto que no me atreví a voltear la cara. Esta vez decidí quedarme callado por un rato, en parte porque me había dejado lelo con ese avance. Curiosamente fue ella la que esta vez tomó la iniciativa. Comenzó a contarme de su vida, de sus estudios, sus amigos, los lugares donde había vivido. Yo oía atentamente y sin escuchar nada. Solo me dedicaba a mirar sus labios delgados, sus pequitas, su cabello encendido, sus ojitos. De pronto el ruido del celular me sacó de mi sueño. Era Rodo. Sonaba agitado, tenía prisa. Me preguntó dónde estaba, dónde había estado, que qué había hecho con la gringa y qué tramaba. No esperó mis respuestas, prefirió asumir todo. Solo me comentó que ya se habían vuelto al hotel. Que no supo qué hacer con tanta gringa y con tanto tiburón. Yo sabía que quería estar a solas con la de los picos. Me pidió que devuelva a la señorita sana y salva a su hotel y que nos veríamos pronto. No hay problema hermanito. Yo me encargo. Le dije. Al colgar me di cuenta que ya había pasado la media noche. Aun no estábamos cansados y junto con las energías renovadas por los chilcanos decidimos volver a la discoteca del Bulevar. Esta vez fuimos de la mano. Al llegar vimos nuestro lugar completamente tomado por los tiburones y algunas chicas de otros grupos. No quedaba rastro de las gringas. No nos importó y nos pusimos a bailar un reggaeton faltoso. Sentíamos el clandestino gusto de portarnos mal sin testigos. Keyla se estaba desenfrenando rápidamente, volteándose y bajando lentamente hasta tocar el suelo. La gente en la pista de baile le hacía espacio, aullando, alentando a la gringa loca. Era la atracción y yo el amo. Contemplaba toda la escena altivo y superior. Ya comenzaba a saborear la victoria sin tener aun idea de lo que estaba por venir. Porque justo en medio de la agitación frenética del baile, de la nada había aparecido una de sus amigas, la gringa narizona. A mi me hizo un “hello” distante mientras que a Keyla le dio un abrazo fuerte con apretón de nalga. La pista de baile hizo un uff disimulado. Me fui a comprar algunos shots de lo que sea. Tenía un miedo intrínseco de que ese fuego se vaya a apagar. Al volver las encontré abrazadas bailando lambada. La música era reggae pero les importaba un pepino. Cuatro tiburones asomaban en torno a ellas. Me abrí paso a gritos y caderazos. Al verme con los tragos las chicas se me abalanzaron encima. Me besaron una en cada cachete y me convertí automáticamente en el dueño de la discoteca, que va, de todo el bulevar, que va, de todo el barrio, Lima, Perú y el mundo. Un amo absoluto. De pronto las chicas elevaron sus copas al aire atrayendo toda la atención. Todos miraron. La narizona se apuró en beber su trago. Inmediatamente después tomó a Keyla de la cintura acercando ambas bocas. Luego, muy lentamente dejó fluir la bebida de sus boca a la de Keyla. Lamían las gotas de la piel de la otra, se besaban con descaro en la boca. La pista de baile soltó un wow que vino de ultratumba. Yo me paré al lado de la acción, mismo propietario de atracción de circo. Ellas siguieron bailando provocativas, no les importaba la multitud de hombres asediéndolas, se movían, coqueteaban y de tanto en tanto se besaban. A mi ya me daba igual que se me notara el paquete. Bailaba con ellas juntas, una por una, de atrás y adelante, lento y frenético, bailaba y bebía sin un mañana por delante. Las chicas me tomaron de la mano. Me arrastraban hacia la calle. Ahora se ponía interesante la cosa, pensé. Me dejaba llevar, las tomaba por la cintura, cuerpos firmes, jóvenes. Una vez afuera el show siguió. Con besos atrevidos en medio bulevar. Daba todo igual. Éramos los dueños del mundo esa noche. Seguimos hasta la plaza. Una de ellas detuvo un taxi. No subimos los tres en el asiento de atrás. Durante el camino estuvimos cogidos de la mano, ellas se besaban con un poquito más de recato. El chofer nos miraba por el retrovisor con interés. Hablabamos pavadas en un idioma irreconocible. No sé cuanto duró el viaje. Solo recuerdo que nos detuvimos frente al hotel. Ambas abandonaron el taxi de inmediato. Se tomaron de la mano y caminaron hacia adentro. En mi encendida imaginación vi la posibilidad remota de un trío. Vi al taxista con cara de impaciente. Quince soles manito. Pagué a prisa. Quédese con el vuelto maestro. Salí del taxi y me apresuré casi tropezándome detrás de ellas. Las luces del lobby me pegaron en la cara. Vi por todas partes, no quedaba rastro de las chicas. El velador me miraba con cara de aburrido desde la recepción. Lo ignoré y caminé incólume hacia los ascensores. Me permite su número de habitación caballero. Oí decir detrás de mi. El velador aburrido era ahora un wachimán corpulento que me miraba amenazante. Este, no, digo, yo estaba con las señoritas que acaban de entrar. Me apresuré a decir tartamudeante, presintiendo la derrota. Su número de habitación señor. Contestó implacable el guardia. Si no es huésped del hotel, por favor tenga la amabilidad de retirarse caballero. Pero, este, mis amigas. Alcancé a decir. Si fuera tan amable, repitió señalando la puerta. Lo di por perdido. Ya en la calle pensé en llamar a Rodo. Me di cuenta que ya no estaba excitado. Todo había sido demasiado bueno para ser verdad. Siquiera en el bulevar seguirían creyendo que había triunfado. Ese honor me bastaba por hoy. Me fui a comer una hamburguesa con el último billete que me quedaba. Intentaría convencerme que me había imaginado todo.

Encuentra más historias de amor y anécdotas en RoomVa
www.roomva.com

3
  

Amor Prohibido II

Se llamaba María del Carmen. No María y no Carmen. Sino todo junto y con “del” de por medio. María del Carmen. Tenía siempre sus cojudeces, esas necedades aleatorias con que los huachafos buscan formarse una personalidad. Después de ese plantón estuvo evadiéndome por un tiempo. Solo me llamaba de vez en cuando por el teléfono interno de la empresa pero como yo no tengo oficina aparte, no podía discutir de nada. Es que a mi lado tengo al sapo de Balladares, y ese es peor que jerma. Me dijo que tenía miedo. Que creía que su marido se había enterado de lo nuestro y que andaba espiandonos. Que conocía detectives y que no dudaría en llegar al extremo de chuponear su celular. Que el carro en el garaje de aquel hotel discreto en Lima había sido una sutil advertencia. Que ella al final no se había atrevido a encararlo por miedo a tampoco saber justificar su presencia en el hotel. A mi todo me parecía inverosímil. Yo en el fondo sabía que su marido (También) le ponía los cuernos, pero el problema era que nadie lo sabía con seguridad. Habría que cogerlo con las manos en la masa, pero con un tombo no hay forma. Mucho riesgo. Prefería seguir creyendo que María del Carmen se estaba poniendo paranoica. Aunque claro, con cosas así ya me conozco. Prefiero fingir que todo esta bien a convencerme que un tombo cornudo, rabioso y armado anda rastreando mis pasos. ¿Lógico no? Igual ella me dijo que era mejor no vernos más, dejarlo todo antes que llegue la sangre al río. Yo la miré con una expresión entre incrédula e irritada (Una de sus cojudeces era hablar con dichos). ¿A qué te refieres? Le increpé. Pues lo que oyes. Me aclaró. Yo no entendí. Solo pensaba en que quería acostarme con ella ya pero era evidente que no llegaríamos a nada en ese momento. Estaba demás hablar. Levanté la frente, hice un puchero, le dije algo del tipo “Que pena cariño” medio altivo, medio posero, y salí de su oficina. Lo de altivo esta vez no estaba completamente fuera de lugar. Sé de estrategias y sobre todo sé de mujeres despechadas. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, me dije medio infectado con la cojudes de los dichos. Necesitaba un plan, necesitaba sobre todo una nueva trinchera. Había que matar dos pájaros de un tiro. Pensé. Le faltarían mis piropos, mi atención constante, yo entre tanto me buscaría otra para pasar el tiempo, Maria del Carmen se enteraría, se pondría celosa y me buscaría. Era evidente. Me puse a maquinar. En la oficina la motivación de mi equipo andaba últimamente medio caída. Malos resultados, algunos conflictos de interés. Pensé en salir con el equipo a hacer algo ameno. Una comidita de confraternidad y quien sabe después a alguna discoteca. Tenía a dos en la mira, Lorena y Cecilia. Lorena era nueva en la empresa y aun nos trataba a todos con mucha cautela. Era cuestión de suavizarla un poquito, hablando bonito, traguitos de por medio claro. La chica lo valía, buen rabito, esbelta, pecosita. Con Cecilia la cosa era distinta. Con ella ya había tenido mis encontrones. Años atrás. Una morochita robusta. muy power, muy rendidora ella. Lo bueno de Cecilia era que siempre se había tomado todo con ligereza, sin paltas, sin roches. Ahí seguíamos trabajando juntos de lo mas normal, claro que a mi me habían ascendido y a ella no, y aun así, jamás había vuelto a insinuarse ni nada. Buena chica, con ella las cosas no se me pondrían difíciles. Aunque claro uno siempre tira para la novedad. Lo desconocido, Lorenita era la predilecta sin duda. La cena estaba planeada para el viernes, quedaban cuatro días aun. La gente se había entusiasmado. Como no, con comida y bebida a cuenta de la casa. Yo tácticamente había comenzado a tantear a Lorenita desde ya. Inmediatamente después del e-mail masivo había pasado por su escritorio. Espero que puedas acompañarnos Lorenita. Le había dicho pícaro. Ella había sonreído con carita de circunstancia aunque igual me dijo que claro, que encantada. El día de la comida me aseguré de tenerla a mi costado. El truco es entrar al restaurante conversando de algo y luego ofrecerle un silla sin más. A veces hay que ser mandado. La senté a mi derecha. Ven Lorenita siéntate aquí a mi lado que por aquí roban. Me sonrió halagada. De salida nomás mande a por una ronda de piscos sour, para disolver las formalidades, para entrar en calor, para aflojar la lengua. Durante los entrantes me solté con una andanada de anécdotas de la oficina, las infalibles, bromas que ya habían probado su chispa en tantas otras reuniones. El grupo reía, la mayoría con la displicencia de haber oído el mismo cuento mil veces. Lorena en cambio reía con sinceridad, para ella todo era aun flamante, hasta las bromas refritas. Llegado el plato de fondo ya habíamos arrancado con los discursos y la emotividad, lo invalorable que era cada miembro del equipo, el sacrificio y la lealtad. Me interesaba un pepino todo eso, lo único que esperaba era cerrar cada discurso con un brindis. Nos bajamos dos piscos sour más por cabeza durante esa ronda de emotividad. Miré a mi derecha y vi a Lorenita chinita de risa, le di un toquecito en la pierna, así como quien no quiere la cosa. Me contestó tocando mi mano. Dos plazas más allá vi la cara de Balladares concentrada en nosotros. Pensé que ese sapo era exactamente quien necesitaba para diseminar el rumor. Le eché una miraba cómplice y un guiño al ojo. Me contestó el gesto. Esto ya estaba hecho. Maria del Carmen se enteraría de seguro. Ya pasados los postres nos habíamos bajado seis botellas de vino y varias rondas de pisco sour. Otros oradores habían tomado el relevo, se contaban chistes colorados en pequeños grupos. Aproveché para crear un poco de intimidad con Lorenita, le comencé a hablar de mi niñez, de mis comienzos en la empresa, de la lenta ascensión hasta quien era hoy. Medio solemne, medio sentimental, ella había pegado su silla a la mía, me rozaba con sus piernas. Pedí dos copas de Sambuca para impresionar. El camarero me miró con cada de número equivocado. Yo contaba con su ignorancia.

Le expliqué como servirlo, con los granos de café y el fuego. Varios en la mesa se animaron a más copas. A nuestro al rededor las mesas habían quedado vacías. Daban las once. Alguien sugirió ir a bailar, yo contaba con eso. Pero adonde. Lorenita sugirió un lugar, ella conocía al portero y no pagaríamos entrada. Todos rugieron empilados. Ella me sujetó la mano fugazmente. Vi que Balladares no nos quitaba los ojos de encima. Esta es la mía. Pensé. Salimos a la calle en un enjambre difuso. ¿Por donde? ¿Por donde? Paramos varias taxis, el tráfico en calle enloqueció. En la confusión varios se excusaban, otros compromisos, mi esposa espera, vivo lejos, Balladares era uno de esos, me aseguré de darle el adiós personalmente, una palmadita de compinches en el hombro. Lo último que vería del grupo sería a Lorenita y a mi sujetándonos por la cintura. La semilla estaba plantada. En medio de la confusión me subí en el mismo taxi con Lorena y Cecilia. No podía mandarme aun, la tenía apretadita contra mi cuerpo pero no podía hacer nada. El taxista subió la radio, una cumbia estridente. La noche daba vueltas. Diez minutos después habíamos llegado al lugar, éramos siete. Había mucha cola, rápidamente Lorena se desmarcó. Vamos chicos, dijo embalada. Todos la seguimos a la puerta, saltándonos la cola. Resultaba que Lorena conocía al portero. Antes de decir nada la vi besarlo en los labios. Resultaba que no solo conocía al portero que nos dejaría entrar gratis. También era su enamorado. Un chico musculoso y por demás muy amable. Me hice el disimulado. Uno por encima de toda eventualidad tiene que guardar las formas. En medio del tumulto de la entrada me giré a buscar a Cecilia con la mirada. Me miró con cara de pena, había visto todo de principio a fin. Estaba en evidencia. Era inevitable. Bailaría solito y con el rabo entre las piernas.

10