Archivos

Déjà-vu

Los planes han salido tal y como esperabas. En tu escritorio ves el reloj marcas las horas, viernes seis de la tarde, los minutos se ponen difíciles pero lo logras. Bajas las escaleras encantada, no sin antes acomodarte un poco el pelo en el baño de la oficina. Esos retoques apurados y ya estás sentada en el taxi rumbo al placer.
Han decidido encontrarse en un restaurante cualquiera, comer algo rápidamente y enrumbar a la habitación de sábanas recién cambiadas, al menos eso creen, para acabar con esa inquietud que viene corroyéndolos durante los últimos días. Ni te imaginas lo que te espera horas más tarde. Apenas entran, sabes que ese lugar es demasiado llamativo, pero vamos, ya estás grande para superar pasadas vergüenzas.
Sacas el dinero que se paga por adelantado, por supuesto, él te mira pasmado. ¿Cómo te atreves a sacar los billetes delante de todos? No vayan a pensar que a él le falta algo en la billetera. Le sonríes y piensas dar lo que te corresponde en unas horas. Mientras se inician esos trámites con la recepcionista, tú te sientas en los muebles a leer una revista.
Pronto, estás en el ascensor. Junto a dos personas más que intentan esquivar las miradas. ¿De qué se sienten culpables? La llave dice 412 así que bajan caminando lento hacia una habitación de puerta blanca. Ya dentro es complicado ver cuál es el orden de los factores. Ese poco tiempo juntos y aún no saben qué hacer realmente, ver un poco de televisión, ‘ponerse cómodo’, relajarse.
La habitación es básica con una cama de dos plazas llena de dobleces en las sábanas y nutrida de dos grandes almohadas. Junto a una pequeña ventana que da a la calle hay una mesa de madera con vasos de vidrio y dos sillas mal puestas. El televisor estándar está sujeto al techo de modo que puede acomodarse en cualquier sentido.
Llega la noche y luego de un par de tragos, decides vestir aquel traje especial que se durará en tu cuerpo apenas unos instantes. Felizmente no se apagan las luces pero sí se cierran las cortinas y se le pone seguro a la puerta, por si acaso. Se llena el ambiente de aquel calor especial.
A la mañana siguiente tienes una sonrisa en el rostro durante el pequeño desayuno que toman en el restaurante del hotel. Las miradas parecen decir algo más entre ustedes. Con esa alegría sales de nuevo al mundo, no sin antes darte cuenta que aquella frescura con la que quieres manejarlo todo se te acaba en un dos por tres. En la entrada está tu ex novio, vaya coincidencia. Está en el mismo trámite de pagar y su nueva compañera está sentada leyendo la misma revista que tú misma, ayer. Decides evitarlo pero no existe otra salida en ese hotel más popular de lo que esperabas. Respiras y pasas rápido pero no desapercibida.
Él tampoco parece saber muy bien cómo moverse. Así que respira hondo y te saluda. Tú te liberas rápidamente de la mano de tu acompañante por un instinto extraño de estar traicionándolo de alguna manera. Parece experimentar lo mismo aquel hombre alto que solías ver casi a diario hacía un año, pues los terceros se quedan pasmados al desaparecer de la realidad. Ustedes intercambian unos besos en la mejilla sutiles pero bastante expresivos. Qué incómoda parecía la situación y sin embargo ahí están preguntándose por sus nuevas vidas. Por supuesto, todo se mantiene en los temas familiares y laborales, quiénes son los nuevos en sus historias parece ser el tabú de la conversación casual. Sonríen y tú pareces darte cuenta de con quién venías, así que te despides con un abrazo y de pronto sabes otra vez que estás saliendo de un hotel. Gran conclusión de los finales felices en estos lugares.
Tu nuevo novio te recrimina solamente con la mirada, qué estará imaginando en su mente, aquellas historias que no le has contado. Sabe exactamente con quién te acabas de encontrar y que tu amabilidad no es nada fingida. Piensas en la chica, a la que analizaste rápidamente desde muchos ámbitos, estará pensando lo mismo. No sé por qué te llena de una ligera sensación de triunfo que dura solo unos instantes.
¿Recuerdas aquel hotel del que todos te hablaban de vez en cuando pero cuyo nombre nunca terminabas de recordar? Ahí estás hoy. Un atareado fin de semana para los visitantes pasajeros en busca de privacidad. No te habías percatado pero estás saliendo del hotel que todos tus amigos recomendaban y que todos visitan. Evitar la circunstancia fue imposible. Ahora sabes muy bien que es tu primera y última visita.

12
  

Magia

¿Sabes cómo conocí a Maribel? Fue en una fiesta, en mi fiesta de graduación del colegio. Ella fue con el gordo Salinas, y mi pareja, la chata Fiorella, me plantó tres días antes de la fiesta para ir con un tablista colorado. Y así fue que en la fiesta más importante de mi vida, me encontré sólo caminando alrededor de las mesas, cuando Maribel se me acercó y me invitó a sentarme a su lado, junto un alcoholizado gordo Salinas, a quien no parecía importarle que la chiquilla me cogiera de la cintura y me hablara al oído contándome sobre su vida, y es que o no le importaba compartir a su pareja conmigo o tal vez sólo prefería concentrarse en no vomitar sobre su finísimo terno nuevo.

Y nos enamoramos en esa fiesta, y salimos, y fuimos novios al poco tiempo. A mi madre no le gustaba mucho Maribel, sobre todo cuando le conté cómo nos conocimos, no le gustaba que ella haya tomado la iniciativa habiendo ya tenido acompañante a aquella fiesta, no le gustaba que en todas las fiestas a las que acudíamos ella concluyera la jornada con una soberana borrachera, y es que mi madre se enteraba de todo porque yo se lo contaba, porque ella es mi mejor amiga, porque yo amo a mi mami.

Pero Maribel era la mujer de mi vida, tenía una sonrisa eléctrica difícil de resistir, tenía unos ojos marrones que combinaban tan lindo con su pelo castaño, tenía una piel tan lozana y una voz de niña buena que hacía un contraste tan provocador con sus párpados delineados de negro siempre, que terminé por volverme loco por ella, y jurarle amor eterno y sentirme dichoso por ser correspondido.

Y así pasó algo más de un año, Maribel cumplió la mayoría de edad casi al mismo tiempo que yo. Y a pesar de que mis amigos me decían que ella les coqueteaba cada vez que yo me volteaba o me iba al baño o a comprarle una gaseosa, a pesar de que me decían que a mis espaldas ella les rozaba la mano cariñosamente, yo siempre supe que era envidia. Envidia pura y venenosa por no tener ellos la dicha de tener a su lado a la chica más bonita del mundo, a la mejor enamorada, a la que me preparaba postres todas las semanas, con la que me acurrucaba cada vez que teníamos frio y a la que no se dejaba ni tocar los muslos porque era virgen. Así es, yo iba a ser el primero en probarla, y es que era mi derecho y no cabía en mí mismo toda la dicha que eso me causaba.

Y así, después de la fiesta de cumpleaños de Matallana, nos fuimos en mi carro a las tres de la madrugada surcando lentamente la avenida Aviación. Ella me había dicho desde muy temprano que esta sería la noche en la que ella me iba a entregar su virginidad. Y a pesar de una leve borrachera que delataba su aliento, puedo jurar que no hubo para mí momento más romántico en mi vida. En la madrugada, manejando lentito por la avenida buscando mi primer hotel, nuestro primer hotel. Mágico.

Tuvimos una faena mediocre, la ira me hizo embestirla debajo de las sábanas de mala gana y violentamente, mientras yo mismo lloraba, y fue todo por culpa del contraste. Unos segundos antes mi novia impoluta me había ofrecido entregarme su inocencia, y al llegar al hotel, con la sinceridad que sólo puede emanar de la distraída boca de una persona ebria , me dijo “Este hotel es buenazo, aunque no vengo hace como dos meses”.

9