Archivos

Habitaciones tematicas en Lima - Las mejores opciones de hoteles

¿Quién no busca agregar algo diferente a una noche en pareja? En RoomVa nos preguntamos lo mismo y salimos en la búsqueda de aquellos hoteles que tienen habitaciones tematicas en Lima  que ayudan a la fantasía y te sacan de la rutina. He aquí nuestro top 5:

Puesto 4: Sagitarius en La Victoria

SagitariusLa habitación temática del Sagitarius es simple en decorado (detalles de piel de jaguar por todos lados) pero tiene la ventaja de ofrecer sauna a vapor, cámara seca y ducha española dentro de la habitación. Esto es súper conveniente para aquellos a los que no les gusta compartir saunas con extraños y mucho menos si está con la pareja.

Es una opción algo diferente, tal vez no la más recomendada para una experiencia 100% temática pero buena, si lo que buscas es relajarte en el sauna y luego bajo la ducha española.

Puesto 4: La Estancia en La Perla

La EstanciaDe las opciones que encontramos, La Estancia es el lugar con el perfil más bajo. Ubicado en La Perla, su nombre y aspecto discreto no permiten imaginar que posee una habitación diferente y, lo mejor de todo, a un precio espectacular. La Suite Premium tiene: pole dance (para el baile del tubo), sofá tántrico, luces de discoteca y equipo de sonido. Se puede armar un gran fiestón para dos y no quebrar el presupuesto. Definitivamente una opción a ser considerada por los chalacos y no chalacos.

 

Puesto 3: Hollywood Suites en San Miguel

Hollywood SuitesUno de los hoteles que primero equipó sus habitaciones con más que una cama y un televisor es el Hollywood Suites. En el Penthouse, además de lo tradicional, podrás encontrar luces de colores que le dan un ambiente discotequero a la habitación y un mueble bar por si te interesa ponerte creativo con algún trago. Hay que destacar uno de los artículos más valorados: el sofá tántrico ¿Qué es eso? Es un sofá que por sus formas curvas y ergonómicas permiten llevar las actividades de la cama al sofá. Especialmente recomendado para los más atléticos.

Puesto 2: Hotel Wimbledon en San Miguel

Hotel WimbledonFrente al mar de San Miguel, el Wimbledon es un ícono de Lima. Con estacionamiento interno y mucha discreción, en el Wimbledon se pueden encontrar habitaciones con un “decorado” muy particular. Tiene la Hawaiian Dreams con motivos acordes a esa isla del Pacífico, la Riverside Dreams que da a un río artificial interno con: cascadas, helechos  y hasta pececitos. Además están las presidenciales, con cama de agua muy buenas para la diversión (no tan buenas para la espalda).

En la mayoría de habitaciones podrán encontrar un tubo bailes sensuales, especial para aquellos que gustan de la danza. Lo mejor de todo es que las habitaciones cuentan con un sistema de sonido en las que se conecta un reproductor de MP3 y ¡sorpresa! Las luces se activan al ritmo de la música.

Puesto 1: Park Suites en Barranco

Park SuitesSegún un usuario experto en el tema, es como un viaje alrededor del mundo pero sin salir de Lima. Una noche visitas India, otra Japón, luego Hawaii y de ahí Egipto. El Park Suites en Barranco es la opción top en habitaciones decoradas. Estas han sido ambientadas de manera acorde para trasladarte al destino elegido. Lo más sobresaliente son los detalles, cada adorno va con la temática, y el buen gusto que hacen la estadía aún más placentera. De las opciones temáticas, para una noche más de relax que de fiesta discotequera y sofás, el Park Suites de todas maneras.

Así que ya sabes, sólo te queda a ti tomar el “riesgo” y probar algo diferente ;)

 

5
  

Demasiado bueno para ser verdad

Después de ese debacle anduve oculto en mi caparazón.  Aislado, evitando toparme con cualquier mujer. Como secretamente creyendo que llevaba el bochorno pintado en la cara de huevón. Un viernes al final del día sonó el celular. Era mi pata Rodolfo. Habíamos sido siempre los mejores amigos en la secundaria. Un buen día, como tanta otra gente, se mandó a mudar a los United. Ahí vivía desde hacía una década. Oye comparito. Adivina. Estoy en Lima. Adivina más. Esta noche nos perdemos. Se había colado en una delegación de su universidad. Era el guía, traductor, dealer, guardaespaldas y chacal del grupo. Venimos de camino del aeropuerto y la gente tiene sed. Hacemos el check in y te recojo en el Ovalo de Miraflores en una hora. Chau comparito. Oye, Rodo, pero. Que falta de respeto. No me dejó tiempo de hacer el amague, contarle acerca de mis heridas, decirle que tenía sueño, ni siquiera tiempo para hacerme el indispuesto. Una hora más tarde estaba ahí paradito en el ovalo con mi cara de huevón y esas fachas que tienen todos los oficinistas cuando están de asueto. Una combi nueva se aproximaba. Rodo asomaba su cabezota despeinada por la ventana del pasajero. Silbaba ruidoso. Compariiiiito ¡Súbete al toque! Me trepé como pude en la parte de atrás. De pronto no sé lo que vi, solo sé que no me lo esperaba. Mis ojos eran dos platos, mi mandíbula colgaba. Dentro de la combi, a mi ladito nomás había como cien gringas. Todas buenotas. Todas doradas, todas patonas, saludables, potentes, sonrientes y sobretodo desatadas. El corazón se me aceleró. Me sobrevino un soponcio. La combi se puso en marcha. Yo seguía pálido. A las chicas solo les causaba gracia mi sincope. Lentamente pude estudiar la situación al detalle. En realidad no eran cien sino cinco chicas. Rodolfo se reía conmigo. Mira lo que te he traído hermanito. Sírvete nomás con confianza. Reímos en complicidad. Las gringas nos seguían la corriente sin entender nada. Anduve medio bobo un par de cuadras. Las gringas me hablaban de no sé qué. Solo me sonreían más lindas y yo me ahuevaba más. Mi inglés de la Trilce se esforzaba por seguirles el juego sin cagarla mucho. Nos fuimos directamente a un bar en Barranco. Piscous sour! Rugió una gringa narizona tras revisar su Lonely Planet. Infalibles, pensé yo. Todos celebraron a gritos sin entender de qué iba la cosa. Una de las gringas se me había pegado, no sé si por el poco espacio de la combi o por simpatía. Se llamaba Keyla. Comenzamos a conversar. Hablaba español bastante bien, yo hice un ampay me salvo mental y puse mi inglés de la Trilce de vuelta en el cajón. Keyla hablaba mucho. Quería saberlo todo. En qué lugar vivía, cuantos hermanos tenía, como era la vida en el Perú, como era la música, la comida, la cultura. Muy rápidamente saqué línea de que ella era sería mi objetivo esa noche. Se quedarían una semana y yo ya me imaginaba paseando a la gringuita por toda la ciudad, bien campante, todo un campeón. No le di vueltas al asunto y le ofrecí mi compañía incondicional de inmediato. La gringa encantadísima con todo. Yo casi me persigné. Minutos más tarde entrábamos del brazo a un bar del Bulevar. Nos ubicamos bien. En una mesita medio a oscuras a un lado de la pista de baile. Dos parejas con cara de aburridas bailaban un merengue de los noventa. Los piscos sour no tardaron en llegar, yo al instante me mande a contar los detalles de la receta con la solemnidad de un catedrático. Para la tercera copa la receta había cambiado tres veces y ya me había mandado con las historias no solo de la bebida, sino también de la ciudad de Pisco, el departamento de Ica, el sur del Perú y hasta la guerra con Chile, todas perfectamente inventadas por mí mismo. Keyla sonreía maravillada. Palmeaba mi pierna de cuando en vez. Se me hacía que no entendía un carajo pero me daba igual. Ese era mi momento de gloria. Inspirado por mi mismo cogí a la muchacha del brazo y la llevé a la pista de baile. Ella me siguió sin resistencia. Rodo aprovechó la viada del momento para arrastrar a otra de las chicas a la pista. Tocaban una cumbia. Comenzamos a bailar juntitos aunque no pegaba con la música. Ella se reía, tenía calor, yo sentía el vaho emanando de su pecho. Me estaba excitando. No quería que se de cuenta. Aun no. Yo le hablaba al oído. Le enseñaba como bailar. Le hablaba de la cumbia, de sus orígenes, de su desarrollo. Me inventaba todo. Ella se dejaba llevar, me sujetaba fuerte. Yo le hablaba solo porque así sentía su perfume fresco. Vi de reojo que otros chicos se habían acercado a nuestra mesa, les hacían la conversación a las tres gringas que quedaron solas. Vi que Rodo entre cada sorbo ya estaba dándose picos con la otra gringa. Sentí prisa por besar a la mía también. Intenté un pequeño amague. Algo como un roce de labios accidental. Ella se apartó sutilmente, en un movimiento también accidental que me dejó confundido. Quise volver a crear un momento como el que había pasado pero entonces comenzó una salsa demasiado movida como para andar apachurrándose. Guardé mis intenciones y me fui al baño volando. Para encaletar el paquete.  Al volver a la mesa los intrusos ya se habían acomodado. Yo rápidamente despaché a uno que ya había comenzado a conversar con la mía. Los demás que bailen con su propio pañuelo, pensé. Entre tanto el lugar se había llenado. Todos nos miraban con envidia. La mayoría eran estudiantes que ansiosamente compartían jarras de cerveza. Le sugerí a Keyla dar un paseo para tomar aire. Aceptó encantada. De alguna forma la gringa se encantaba con todo. Caminamos hacia la plaza y luego bajamos camino al Puente de los Suspiros. Yo por supuesto, muy ávido, le expliqué la historia. Se alegró aunque por primera vez en la noche me había arrojado una mirada de desconfianza. Esa historia de besitos en el puente era por algún motivo demasiado evidente en ese momento. Supe que ese no era el momento de lanzarse a la piscina. Continuamos nuestro paseo por las callecitas estrechas del centro. De vuelta al Bulevar nos detuvimos un rato en la bodega Juanito. Nunca antes había ido a ese lugar acompañado de una chica. Aproveché para beneficiarme de la costumbre sentándonos en el salón de adelante. Le expliqué la normativa de la casa. Bastó con que ella echará un vistazo al salón de atrás, repleto de hombres, para corroborar mi historia. Le pareció una costumbre discriminatoria y un poquito sexista. Yo no entendí ni papa de su argumento. Me daba igual. Entre tanto ya me había pedido dos butifarras y dos chilcanos cargaditos. Otra historia medio gastronómica, medio folclórica siguió. Me sentía creativo, inspirado. Conocía esa sensación y no confiaba en ella, aunque algo me decía que esta vez si tendría suerte. Keyla en todo caso me seguía la corriente feliz. Al probar la comida le entró un no sé qué de emoción. Me rodeó el cuello con sus brazos y me besó en la mejilla. Un beso ruidoso, con muchísimo cariño. Por supuesto que no me atreví a voltear la cara. Esta vez decidí quedarme callado por un rato, en parte porque me había dejado lelo con ese avance. Curiosamente fue ella la que esta vez tomó la iniciativa. Comenzó a contarme de su vida, de sus estudios, sus amigos, los lugares donde había vivido. Yo oía atentamente y sin escuchar nada. Solo me dedicaba a mirar sus labios delgados, sus pequitas, su cabello encendido, sus ojitos. De pronto el ruido del celular me sacó de mi sueño. Era Rodo. Sonaba agitado, tenía prisa. Me preguntó dónde estaba, dónde había estado, que qué había hecho con la gringa y qué tramaba. No esperó mis respuestas, prefirió asumir todo. Solo me comentó que ya se habían vuelto al hotel. Que no supo qué hacer con tanta gringa y con tanto tiburón. Yo sabía que quería estar a solas con la de los picos. Me pidió que devuelva a la señorita sana y salva a su hotel y que nos veríamos pronto. No hay problema hermanito. Yo me encargo. Le dije. Al colgar me di cuenta que ya había pasado la media noche. Aun no estábamos cansados y junto con las energías renovadas por los chilcanos decidimos volver a la discoteca del Bulevar. Esta vez fuimos de la mano. Al llegar vimos nuestro lugar completamente tomado por los tiburones y algunas chicas de otros grupos. No quedaba rastro de las gringas. No nos importó y nos pusimos a bailar un reggaeton faltoso. Sentíamos el clandestino gusto de portarnos mal sin testigos. Keyla se estaba desenfrenando rápidamente, volteándose y bajando lentamente hasta tocar el suelo. La gente en la pista de baile le hacía espacio, aullando, alentando a la gringa loca. Era la atracción y yo el amo. Contemplaba toda la escena altivo y superior. Ya comenzaba a saborear la victoria sin tener aun idea de lo que estaba por venir. Porque justo en medio de la agitación frenética del baile, de la nada había aparecido una de sus amigas, la gringa narizona. A mi me hizo un “hello” distante mientras que a Keyla le dio un abrazo fuerte con apretón de nalga. La pista de baile hizo un uff disimulado. Me fui a comprar algunos shots de lo que sea. Tenía un miedo intrínseco de que ese fuego se vaya a apagar. Al volver las encontré abrazadas bailando lambada. La música era reggae pero les importaba un pepino. Cuatro tiburones asomaban en torno a ellas. Me abrí paso a gritos y caderazos. Al verme con los tragos las chicas se me abalanzaron encima. Me besaron una en cada cachete y me convertí automáticamente en el dueño de la discoteca, que va, de todo el bulevar, que va, de todo el barrio, Lima, Perú y el mundo. Un amo absoluto. De pronto las chicas elevaron sus copas al aire atrayendo toda la atención. Todos miraron. La narizona se apuró en beber su trago. Inmediatamente después tomó a Keyla de la cintura acercando ambas bocas. Luego, muy lentamente dejó fluir la bebida de sus boca a la de Keyla. Lamían las gotas de la piel de la otra, se besaban con descaro en la boca. La pista de baile soltó un wow que vino de ultratumba. Yo me paré al lado de la acción, mismo propietario de atracción de circo. Ellas siguieron bailando provocativas, no les importaba la multitud de hombres asediéndolas, se movían, coqueteaban y de tanto en tanto se besaban. A mi ya me daba igual que se me notara el paquete. Bailaba con ellas juntas, una por una, de atrás y adelante, lento y frenético, bailaba y bebía sin un mañana por delante. Las chicas me tomaron de la mano. Me arrastraban hacia la calle. Ahora se ponía interesante la cosa, pensé. Me dejaba llevar, las tomaba por la cintura, cuerpos firmes, jóvenes. Una vez afuera el show siguió. Con besos atrevidos en medio bulevar. Daba todo igual. Éramos los dueños del mundo esa noche. Seguimos hasta la plaza. Una de ellas detuvo un taxi. No subimos los tres en el asiento de atrás. Durante el camino estuvimos cogidos de la mano, ellas se besaban con un poquito más de recato. El chofer nos miraba por el retrovisor con interés. Hablabamos pavadas en un idioma irreconocible. No sé cuanto duró el viaje. Solo recuerdo que nos detuvimos frente al hotel. Ambas abandonaron el taxi de inmediato. Se tomaron de la mano y caminaron hacia adentro. En mi encendida imaginación vi la posibilidad remota de un trío. Vi al taxista con cara de impaciente. Quince soles manito. Pagué a prisa. Quédese con el vuelto maestro. Salí del taxi y me apresuré casi tropezándome detrás de ellas. Las luces del lobby me pegaron en la cara. Vi por todas partes, no quedaba rastro de las chicas. El velador me miraba con cara de aburrido desde la recepción. Lo ignoré y caminé incólume hacia los ascensores. Me permite su número de habitación caballero. Oí decir detrás de mi. El velador aburrido era ahora un wachimán corpulento que me miraba amenazante. Este, no, digo, yo estaba con las señoritas que acaban de entrar. Me apresuré a decir tartamudeante, presintiendo la derrota. Su número de habitación señor. Contestó implacable el guardia. Si no es huésped del hotel, por favor tenga la amabilidad de retirarse caballero. Pero, este, mis amigas. Alcancé a decir. Si fuera tan amable, repitió señalando la puerta. Lo di por perdido. Ya en la calle pensé en llamar a Rodo. Me di cuenta que ya no estaba excitado. Todo había sido demasiado bueno para ser verdad. Siquiera en el bulevar seguirían creyendo que había triunfado. Ese honor me bastaba por hoy. Me fui a comer una hamburguesa con el último billete que me quedaba. Intentaría convencerme que me había imaginado todo.

Encuentra más historias de amor y anécdotas en RoomVa
www.roomva.com

3