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Demasiado bueno para ser verdad

Después de ese debacle anduve oculto en mi caparazón.  Aislado, evitando toparme con cualquier mujer. Como secretamente creyendo que llevaba el bochorno pintado en la cara de huevón. Un viernes al final del día sonó el celular. Era mi pata Rodolfo. Habíamos sido siempre los mejores amigos en la secundaria. Un buen día, como tanta otra gente, se mandó a mudar a los United. Ahí vivía desde hacía una década. Oye comparito. Adivina. Estoy en Lima. Adivina más. Esta noche nos perdemos. Se había colado en una delegación de su universidad. Era el guía, traductor, dealer, guardaespaldas y chacal del grupo. Venimos de camino del aeropuerto y la gente tiene sed. Hacemos el check in y te recojo en el Ovalo de Miraflores en una hora. Chau comparito. Oye, Rodo, pero. Que falta de respeto. No me dejó tiempo de hacer el amague, contarle acerca de mis heridas, decirle que tenía sueño, ni siquiera tiempo para hacerme el indispuesto. Una hora más tarde estaba ahí paradito en el ovalo con mi cara de huevón y esas fachas que tienen todos los oficinistas cuando están de asueto. Una combi nueva se aproximaba. Rodo asomaba su cabezota despeinada por la ventana del pasajero. Silbaba ruidoso. Compariiiiito ¡Súbete al toque! Me trepé como pude en la parte de atrás. De pronto no sé lo que vi, solo sé que no me lo esperaba. Mis ojos eran dos platos, mi mandíbula colgaba. Dentro de la combi, a mi ladito nomás había como cien gringas. Todas buenotas. Todas doradas, todas patonas, saludables, potentes, sonrientes y sobretodo desatadas. El corazón se me aceleró. Me sobrevino un soponcio. La combi se puso en marcha. Yo seguía pálido. A las chicas solo les causaba gracia mi sincope. Lentamente pude estudiar la situación al detalle. En realidad no eran cien sino cinco chicas. Rodolfo se reía conmigo. Mira lo que te he traído hermanito. Sírvete nomás con confianza. Reímos en complicidad. Las gringas nos seguían la corriente sin entender nada. Anduve medio bobo un par de cuadras. Las gringas me hablaban de no sé qué. Solo me sonreían más lindas y yo me ahuevaba más. Mi inglés de la Trilce se esforzaba por seguirles el juego sin cagarla mucho. Nos fuimos directamente a un bar en Barranco. Piscous sour! Rugió una gringa narizona tras revisar su Lonely Planet. Infalibles, pensé yo. Todos celebraron a gritos sin entender de qué iba la cosa. Una de las gringas se me había pegado, no sé si por el poco espacio de la combi o por simpatía. Se llamaba Keyla. Comenzamos a conversar. Hablaba español bastante bien, yo hice un ampay me salvo mental y puse mi inglés de la Trilce de vuelta en el cajón. Keyla hablaba mucho. Quería saberlo todo. En qué lugar vivía, cuantos hermanos tenía, como era la vida en el Perú, como era la música, la comida, la cultura. Muy rápidamente saqué línea de que ella era sería mi objetivo esa noche. Se quedarían una semana y yo ya me imaginaba paseando a la gringuita por toda la ciudad, bien campante, todo un campeón. No le di vueltas al asunto y le ofrecí mi compañía incondicional de inmediato. La gringa encantadísima con todo. Yo casi me persigné. Minutos más tarde entrábamos del brazo a un bar del Bulevar. Nos ubicamos bien. En una mesita medio a oscuras a un lado de la pista de baile. Dos parejas con cara de aburridas bailaban un merengue de los noventa. Los piscos sour no tardaron en llegar, yo al instante me mande a contar los detalles de la receta con la solemnidad de un catedrático. Para la tercera copa la receta había cambiado tres veces y ya me había mandado con las historias no solo de la bebida, sino también de la ciudad de Pisco, el departamento de Ica, el sur del Perú y hasta la guerra con Chile, todas perfectamente inventadas por mí mismo. Keyla sonreía maravillada. Palmeaba mi pierna de cuando en vez. Se me hacía que no entendía un carajo pero me daba igual. Ese era mi momento de gloria. Inspirado por mi mismo cogí a la muchacha del brazo y la llevé a la pista de baile. Ella me siguió sin resistencia. Rodo aprovechó la viada del momento para arrastrar a otra de las chicas a la pista. Tocaban una cumbia. Comenzamos a bailar juntitos aunque no pegaba con la música. Ella se reía, tenía calor, yo sentía el vaho emanando de su pecho. Me estaba excitando. No quería que se de cuenta. Aun no. Yo le hablaba al oído. Le enseñaba como bailar. Le hablaba de la cumbia, de sus orígenes, de su desarrollo. Me inventaba todo. Ella se dejaba llevar, me sujetaba fuerte. Yo le hablaba solo porque así sentía su perfume fresco. Vi de reojo que otros chicos se habían acercado a nuestra mesa, les hacían la conversación a las tres gringas que quedaron solas. Vi que Rodo entre cada sorbo ya estaba dándose picos con la otra gringa. Sentí prisa por besar a la mía también. Intenté un pequeño amague. Algo como un roce de labios accidental. Ella se apartó sutilmente, en un movimiento también accidental que me dejó confundido. Quise volver a crear un momento como el que había pasado pero entonces comenzó una salsa demasiado movida como para andar apachurrándose. Guardé mis intenciones y me fui al baño volando. Para encaletar el paquete.  Al volver a la mesa los intrusos ya se habían acomodado. Yo rápidamente despaché a uno que ya había comenzado a conversar con la mía. Los demás que bailen con su propio pañuelo, pensé. Entre tanto el lugar se había llenado. Todos nos miraban con envidia. La mayoría eran estudiantes que ansiosamente compartían jarras de cerveza. Le sugerí a Keyla dar un paseo para tomar aire. Aceptó encantada. De alguna forma la gringa se encantaba con todo. Caminamos hacia la plaza y luego bajamos camino al Puente de los Suspiros. Yo por supuesto, muy ávido, le expliqué la historia. Se alegró aunque por primera vez en la noche me había arrojado una mirada de desconfianza. Esa historia de besitos en el puente era por algún motivo demasiado evidente en ese momento. Supe que ese no era el momento de lanzarse a la piscina. Continuamos nuestro paseo por las callecitas estrechas del centro. De vuelta al Bulevar nos detuvimos un rato en la bodega Juanito. Nunca antes había ido a ese lugar acompañado de una chica. Aproveché para beneficiarme de la costumbre sentándonos en el salón de adelante. Le expliqué la normativa de la casa. Bastó con que ella echará un vistazo al salón de atrás, repleto de hombres, para corroborar mi historia. Le pareció una costumbre discriminatoria y un poquito sexista. Yo no entendí ni papa de su argumento. Me daba igual. Entre tanto ya me había pedido dos butifarras y dos chilcanos cargaditos. Otra historia medio gastronómica, medio folclórica siguió. Me sentía creativo, inspirado. Conocía esa sensación y no confiaba en ella, aunque algo me decía que esta vez si tendría suerte. Keyla en todo caso me seguía la corriente feliz. Al probar la comida le entró un no sé qué de emoción. Me rodeó el cuello con sus brazos y me besó en la mejilla. Un beso ruidoso, con muchísimo cariño. Por supuesto que no me atreví a voltear la cara. Esta vez decidí quedarme callado por un rato, en parte porque me había dejado lelo con ese avance. Curiosamente fue ella la que esta vez tomó la iniciativa. Comenzó a contarme de su vida, de sus estudios, sus amigos, los lugares donde había vivido. Yo oía atentamente y sin escuchar nada. Solo me dedicaba a mirar sus labios delgados, sus pequitas, su cabello encendido, sus ojitos. De pronto el ruido del celular me sacó de mi sueño. Era Rodo. Sonaba agitado, tenía prisa. Me preguntó dónde estaba, dónde había estado, que qué había hecho con la gringa y qué tramaba. No esperó mis respuestas, prefirió asumir todo. Solo me comentó que ya se habían vuelto al hotel. Que no supo qué hacer con tanta gringa y con tanto tiburón. Yo sabía que quería estar a solas con la de los picos. Me pidió que devuelva a la señorita sana y salva a su hotel y que nos veríamos pronto. No hay problema hermanito. Yo me encargo. Le dije. Al colgar me di cuenta que ya había pasado la media noche. Aun no estábamos cansados y junto con las energías renovadas por los chilcanos decidimos volver a la discoteca del Bulevar. Esta vez fuimos de la mano. Al llegar vimos nuestro lugar completamente tomado por los tiburones y algunas chicas de otros grupos. No quedaba rastro de las gringas. No nos importó y nos pusimos a bailar un reggaeton faltoso. Sentíamos el clandestino gusto de portarnos mal sin testigos. Keyla se estaba desenfrenando rápidamente, volteándose y bajando lentamente hasta tocar el suelo. La gente en la pista de baile le hacía espacio, aullando, alentando a la gringa loca. Era la atracción y yo el amo. Contemplaba toda la escena altivo y superior. Ya comenzaba a saborear la victoria sin tener aun idea de lo que estaba por venir. Porque justo en medio de la agitación frenética del baile, de la nada había aparecido una de sus amigas, la gringa narizona. A mi me hizo un “hello” distante mientras que a Keyla le dio un abrazo fuerte con apretón de nalga. La pista de baile hizo un uff disimulado. Me fui a comprar algunos shots de lo que sea. Tenía un miedo intrínseco de que ese fuego se vaya a apagar. Al volver las encontré abrazadas bailando lambada. La música era reggae pero les importaba un pepino. Cuatro tiburones asomaban en torno a ellas. Me abrí paso a gritos y caderazos. Al verme con los tragos las chicas se me abalanzaron encima. Me besaron una en cada cachete y me convertí automáticamente en el dueño de la discoteca, que va, de todo el bulevar, que va, de todo el barrio, Lima, Perú y el mundo. Un amo absoluto. De pronto las chicas elevaron sus copas al aire atrayendo toda la atención. Todos miraron. La narizona se apuró en beber su trago. Inmediatamente después tomó a Keyla de la cintura acercando ambas bocas. Luego, muy lentamente dejó fluir la bebida de sus boca a la de Keyla. Lamían las gotas de la piel de la otra, se besaban con descaro en la boca. La pista de baile soltó un wow que vino de ultratumba. Yo me paré al lado de la acción, mismo propietario de atracción de circo. Ellas siguieron bailando provocativas, no les importaba la multitud de hombres asediéndolas, se movían, coqueteaban y de tanto en tanto se besaban. A mi ya me daba igual que se me notara el paquete. Bailaba con ellas juntas, una por una, de atrás y adelante, lento y frenético, bailaba y bebía sin un mañana por delante. Las chicas me tomaron de la mano. Me arrastraban hacia la calle. Ahora se ponía interesante la cosa, pensé. Me dejaba llevar, las tomaba por la cintura, cuerpos firmes, jóvenes. Una vez afuera el show siguió. Con besos atrevidos en medio bulevar. Daba todo igual. Éramos los dueños del mundo esa noche. Seguimos hasta la plaza. Una de ellas detuvo un taxi. No subimos los tres en el asiento de atrás. Durante el camino estuvimos cogidos de la mano, ellas se besaban con un poquito más de recato. El chofer nos miraba por el retrovisor con interés. Hablabamos pavadas en un idioma irreconocible. No sé cuanto duró el viaje. Solo recuerdo que nos detuvimos frente al hotel. Ambas abandonaron el taxi de inmediato. Se tomaron de la mano y caminaron hacia adentro. En mi encendida imaginación vi la posibilidad remota de un trío. Vi al taxista con cara de impaciente. Quince soles manito. Pagué a prisa. Quédese con el vuelto maestro. Salí del taxi y me apresuré casi tropezándome detrás de ellas. Las luces del lobby me pegaron en la cara. Vi por todas partes, no quedaba rastro de las chicas. El velador me miraba con cara de aburrido desde la recepción. Lo ignoré y caminé incólume hacia los ascensores. Me permite su número de habitación caballero. Oí decir detrás de mi. El velador aburrido era ahora un wachimán corpulento que me miraba amenazante. Este, no, digo, yo estaba con las señoritas que acaban de entrar. Me apresuré a decir tartamudeante, presintiendo la derrota. Su número de habitación señor. Contestó implacable el guardia. Si no es huésped del hotel, por favor tenga la amabilidad de retirarse caballero. Pero, este, mis amigas. Alcancé a decir. Si fuera tan amable, repitió señalando la puerta. Lo di por perdido. Ya en la calle pensé en llamar a Rodo. Me di cuenta que ya no estaba excitado. Todo había sido demasiado bueno para ser verdad. Siquiera en el bulevar seguirían creyendo que había triunfado. Ese honor me bastaba por hoy. Me fui a comer una hamburguesa con el último billete que me quedaba. Intentaría convencerme que me había imaginado todo.

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10 cosas que no debes hacer en la cama

Para el amor no existen reglas y cada pareja es un mundo completamente distinto, a todos nos gustan diferentes cosas y valoramos algunos detalles más que otros. Sin embargo, cuando se trata de demostrar amor en la intimidad, hay muchos errores que cometemos, tal vez sin darnos cuenta, y que destruyen la magia en segundos, dando lugar a las peleas “after love” que tanto odiamos.

Estos son 10 cosas que no debes hacer en la cama. ¡Atentos y tomen nota!:

  1. Dejar a tu pareja de lado para irte a comer, dormir o fumar. Después de la intimidad siempre se esperan abrazos, caricias y demostraciones de afecto, no que te ignoren por completo.
  2. Poner alguna excusa y salir corriendo. La otra persona sentirá frustración al pensar que todo el encuentro fue sólo un “choque y fuga”.
  3. Preguntarle si ha tenido “mejores”. Los recuerdos de experiencias pasadas no le caen bien a nadie y serán motivo de una pelea sin sentido.
  4. Hablar de temas delicados. Disfrutar del momento después del sexo es importante, es mejor estar relajado y contento, que generar polémica y una discusión.
  5. No soltar el celular. Ya tendrás tiempo para chatear, entrar a Facebook o revisar tu e-mail. Dale a tu pareja la atención que se merece y deja el smartphone para después.
  6. Sugerir pasar la noche juntos. Cuando se trata de parejas casuales o “choque y fuga”, no hay nada más incómodo que despertarte a la mañana siguiente y ver a la otra persona inventando excusas para huir.
  7. ¿En qué estás pensando? Generalmente son las mujeres las que asaltan a su pareja con esa pregunta fuera de lugar, para obtener la respuesta de siempre: en nada.
  8. Sensibilidad y lágrimas. Ver a una mujer llorar hace que los hombres no sepan cómo reaccionar y transforman la situación en un momento de tensión.
  9. ¿Te gusta mi cuerpo? La inseguridad no es sexy y preguntar “¿estoy gorda?” nunca nos llevará a la respuesta que esperamos. ¡Evítenlo! Si está contigo, es porque le gustas tal y como eres.
  10. Quejarte de tu compañero. Si no quedaste completamente satisfecho, es porque no supiste comunicarte con tu pareja. Burlarte y quejarte de su desempeño sólo servirá para crear conflicto.

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No hay edad para el amor

Dicen que lo último que se pierde es la esperanza, que el tiempo nos dota de experiencia, a veces son como súper poderes. Siempre sigo las reglas, evito romperlas.
Un día conozco una chica, una bella chica, a lo lejos sé que es una niña. Calculo su edad, albores de comienzos de adultez, pero me equivoco, apenas está por terminar el colegio, físicamente es una mujer completa. Me gustaría saber más de ella, sé que esto un pecado, pero algo me dice que hablar y ser agradable no lastima a nadie. Sigo este viejo instinto y logro entablar una comunicación. Me es un poco difícil, ella es tímida y esquiva, intento no asustarla. Sólo intento dejarla saber que podríamos llegar a ser amigos y que quiera saber más de mí.
El tiempo pasa y sé que la tendré algún día. Ella crece, conoce gente, amigos, tiene enamorados. Debe crecer, madurar y eso a veces toma años.
Pasa el tiempo, nos cruzamos una que otra vez, intento saber qué más puede pasar en esos instantes, sé que esta niña debe dejar de serlo para que pueda verme con otros ojos, lo sé.
La vida es extraña, cuando piensas que las cosas no están saliendo bien, que la vida es aburrida y que todo es monótono, recibes una llamada… ¡Oh, sorpresa! Es ella, la reconozco, me saluda, conversamos por unos minutos. Me dice que le gustaría verme, yo me siento halagado, le digo que también me gustaría verla. Sé que esta vez tendría un buen final y sé que el tiempo marca distancias o, a veces, las acorta. Nos vemos a las cinco, me dice. Está bien, respondo.
No asisto al encuentro pactado. Curiosamente ella tampoco asiste. ¿Cómo lo sé? Me llama disculpándose. Me hago la víctima y digo será para otro día. Este tipo de llamadas se repitieron en tres ocasiones más, pero yo dejé de estar ausente. A este encuentro sólo llegábamos yo y mi soledad.
Si bien es cierto, las cosas siempre cambian, hay cosas que se mantienen vivas a pesar del tiempo. Tienes presente ese sentimiento de querer y esperar por algo que no sabes si llegará. Hoy ella volvió a llamar, habían pasado meses sin saber de ella, no recuerdo la última vez que le dije para vernos. Después de todo, dejé de decir esas cosas, no las mencionaba, sabía que era sabio sólo escuchar. Todo caería por su propio peso, pero esta llamada era precisa. Literalmente, ella dijo, “¿podemos vernos?” “¡Sí, claro!”, digo en mi mente, pero también sé que no iré a ningún lado. “Ok, te espero“, digo. “Perfecto, llego en una hora, nos vemos, besitos”.
Una hora más tarde de lo acordado toca el timbre, llega tarde, pero esta acá, vino. No puedo creerlo, la veo  después de mucho, sigue igual de linda que cuando la conocí. Interrumpe justo cuando estaba haciendo mi rutina de ejercicios, se había demorado y ante su inminente ausencia quise aprovechar el día, pero estaba aquí.
- Hola, entra, ponte cómoda. Acabo de terminar mi rutina – miento – me doy una ducha y vuelvo. ¿Me esperas? – me invade un terrible temor ante la posibilidad que se escape una vez más.
- Claro, voy a ver la tele mientras espero. No te preocupes – dice sonriendo, hermosa.
Quiero que se familiarice con mi entorno y entre en confianza. Quiero que todo pase como debe pasar, sin forzar nada. Aunque sí puedo darle un toque de sabor a la situación, creando un buen ambiente, una buena conversa, que se sienta segura. Si logras hacer sentir segura a una mujer has hecho un 90% de la tarea, el otro 10 % es ser atrevido. Eso les gusta.
Me ducho lo más rápido posible y me visto en segundos. Necesito mostrar algo de seducción, eso también importa, así que elijo una camisa ceñida al cuerpo que me hace ver bien, seguro a ella también le gustará. Me acerco a ella y la vuelvo a saludar con un beso, me recuesto a su lado y puedo sentir su nerviosismo.
El primer paso es tocar sus manos, siempre funciona, de verdad espero que funcione. Sus manos son suaves, sus dedos largos me gustan;  es tímida todavía, acaricio sus  dedos y sé que lo disfruta tanto como  yo. Poco a poco la timidez pasa a otro plano y  siento que sus dedos me devuelven caricias. Se recuesta a mi lado lo suficiente como para avanzar un poco más y abrazarla, dejo que sus manos acaricien mis brazos, siento que le agrada. Mis manos se hacen amigas de sus mejillas, y no paran de sentir la tibieza de su piel, de su cabello. Siento que debo besarla.
Sé que el beso es inminente, sé que su labios mueren por los míos, que no se negara  a probar de mi boca, esa ilusión que llevamos guardada hoy se harán realidad.
Son los labios más suaves que he probado, siento calor virginal de una chica que apenas quiere pisar la adultez, una niña mujer. Valió la pena cada día que esperé para poder saborear y disfrutar de su piel y sus caricias, esos besos tan calientes descubren la lengua más insaciable y excitante que pueda haber probado. Mis manos juegan con su cintura y terminan perdiéndose en sus caderas, caderas que sólo deseo estrujar. ¡Dios! – pienso – si todo eso se sintió en un primer beso, ¿qué viene después?… esta niña me va a volver loco.
Mientras mi lengua repasa la suya, las cosas no podían ser mejor. ¿Quién entrenó a esta mujer? Ni idea. Quien haya sido, le agradezco todo lo que le enseñó. Definitivamente  me hace feliz y sé que hay más cosas por descubrir… juntos.
- ¿Qué hora es? – pregunta en el ardor de los besos.
- ¡No sé! –  apenas puedo pensar, todavía no me recompongo, miro el celular. – Van a ser las nueve – digo.
- Me tengo que ir – dice fríamente.
- ¿Qué? ¿Te vas? – no puedo creerlo.
- Sí, no puedo llegar tarde a mi casa – responde y recuerdo lo joven que es.
- Está bien – digo resignado.
Hace mucho que no me sentía así, recuerdo haberme burlado de los que hablan de tener mariposas en el estómago, pero ahora yo las estaba padeciendo. Sé que ella también las siente, eso hace más agradable esta magia. Compruebo que no hay edad para el amor.
Camino de la mano con ella, se me  cuelga del hombro, juguetona, mía.  Sonríe y me dice que le gustan mis besos, me sonrojo. Estoy seguro que ella apareció un día en mi vida sabiendo que estas cosas sucederían, como si  hubiera elegido ser y estar en esta historia de antemano. Casi presiento que ella escribe un guión antes de interpretarlo.
Mientras la beso le hago prometer que nos veremos de nuevo. Entre besos y suspiros , escucho al oído: “Te lo prometo”.

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Esta historia llegó gracias a Lencería Luna Nueva.

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Sin plata para el telo

Cuando tienes que arrancar el mes con un presupuesto limitado, nunca vas a separar plata exclusivamente para salir de juerga, ni para sus actividades derivadas. En primer lugar porque uno se siente culpable de hacerlo (“¿cómo voy a presupuestar plata para trago si hace dos meses que le debo esas cien lucas a Juanca?”) y en segundo lugar porque uno nunca sabe –ni con mediana certeza- cuánto necesitas en realidad presupuestar. Hay meses de sequía en los que ninguna flaca en el tono te atraca una segunda chela –con la condición implícita de quedarse contigo– y otros en los que tienes que bajar la situación a dos manos. Ni los chinitos del Cirque du Solei la barajan así. Tú ya sabes, galanazo.

Ahora, eso de no presupuestar plata pasa factura. Y más temprano que tarde. Hace no mucho mis amigos y yo decidimos organizar una de esas noches de solteros en las que la consigna es campeonar sí o sí. Local elegido: una discoteca en la Av. Petit Thouars, a la altura de Lince. Algunos ya habíamos tenido suerte ahí, así que el sitio estaba con buenas vibras. Luego de tentar suerte (y chelas) en falso tres o cuatro veces, una picó. Tal vez no era la muchacha más linda de la cuadra, pero, como diría un gran amigo “por peores he pasado”. Y aparte se notaba muy dispuesta a la situación.

Dos rones y una chela más tarde, estábamos en el taxi camino a un telo en Miraflores frente a la Vía Expresa, uno con nombre de océano. Uno de mis favoritos en el delicado equilibrio de calidad y precio. Sin embargo, al segundo ron yo ya había notado, con precisión contable, que con las justas me iba a alcanzar para el taxi al telo y luego de vuelta a mi casa. Entonces, caballeroso yo, al momento de pagar la carrera le dije a la flaca que no se preocupara (nunca hizo un ademán de preocuparse tampoco, pero vale igual), que la pagaba yo. Incluso le dejé dos lucas de propina al taxista… como bueno.

Pero al llegar a recepción, hice la del libreto. “Flaquita, pucha, no me di cuenta y estoy en cero balas. Pensé que tenía un billete de cien pero era de diez [como Quiñones y Basadre son bien parecidos]. Le di lo último que tenía al taxista. ¿Crees que la puedes cubrir tú?” Con esas me corrí el riesgo de que me diga que ella tampoco tenía y fue, pero me jugué la carta de que si eliges un lugar de precio razonable y la flaca ya está embalada, no le iba a importar pagar ante tal involuntario descuido ¿qué creen que pasó? ¿Has hecho alguna parecida? Es que al final, todos algunas vez, nos encontramos sin plata para el telo.

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10 cosas que me pasan de vuelta de los hombres

Con ustedes mi Top 10:

1. La mirada “caleta” a otras mujeres. ¿En serio? ¿nadie se dio cuenta? No hay nada más molesto que esas miradas indiscretas cuando caminamos y pasa otra chica. No son celos, es más bien respeto. No te pases. Si del poco tiempo que vamos a pasar juntos, un buen rato te la vas a pasar mirando a otra chica, así no juega Perú. Aparte con lo que tienes acá basta y sobra.
2. El que no me llames. Si ganara un centavo por cada vez que te he llamado y me has contestado con “justo estaba pensando en ti y te iba a llamar”, sería millonaria. ¿Qué te cuesta un hola amor dos minutos regresando del almuerzo?.Para más descaro me dices que estás en reunión y hace un minuto le diste like a la foto de una vedette en Facebook. Tsss.
3. El que no quieran escuchar un consejo. Sí, ya sé, tú eres el macho alfa, pelo en pecho, el líder del grupo, pero si estamos ya 30 minutos perdidos y no llegamos a la fiesta del matrimonio de tu primo, para, baja la luna y pregunta cómo llegar o al menos deja que lo haga yo. Terco, quieres llegar guiándote ¿por qué? ¿por las estrellas? Y para colmo me hechas la culpa de que no llegamos para los bocaditos.
4. Gases y otras emisiones. Ya sé que tenemos un buen tiempo saliendo y que la confianza y que el día a día. Pero controla un poco mejor tus emanaciones. Suficiente con estar todo el día en la oficina, en ese horno cerrado para después verte a ti y tener que aguantar más malos olores, no pues. Eso con tus amigos.
5. Que no me hagas caso cuando te hablo. Ya sé que eres multi-tasking, 10 cosas a la vez y sobretodo con el bendito celular. ¡Ya déjalo tranquilo! Dale y dale contestando mails, mensajes de texto, que el chat, actualizando el Facebook, “like” por aquí y “like” por allá. Admito que yo también lo hago, pero todo tiene su momento. ¡Pareces zombi!
6. Las mentiras piadosas (y monses). Si vas a salir con tus amigos te recomiendo la siguiente línea “Amor, voy a salir con mis amigos”. Listo, ya está, todo bien, mi bendición, se me acuesta temprano y se me cuida de las trampas mijo. Pero no “tengo un reunión familiar” “la misa de mi abuelito” “ya me voy a dormir”. No te lo cree nadie. Admito que de vez en cuando sobre reacciono, puede ser, pero igual dime la verdad y todo bien.
7. El desorden extremo. Está bien, el hombre puede llegar cansado o en su casa fue el mimado de mamá (no entiendo como una mujer le puede hacer eso a la siguiente mujer, pero en fin). Pero encontrar toda la ropa por cualquier lado, platos sucios, el baño hecho una desgracia. Ahí sí no, me paso de vueltas. Lo peor: anda mira su carro, una tiza, aromatizadores por todos lados, todo brillante, en su sitio.
8. Cuando cambias de actitud frente a tus amigos. Salimos a pasear, él todo serio, ¿te pasa algo amor? No, vida, todo bien. ¿Seguro? –con tono molesto-Ya te dije que todo bien. Nos cruzamos con un amigo y eso que del colegio que no ve hace años. Se transforma, super “hi5”, abrazo, risas, lisuras. Se despiden, regresa la cara de asado. Fuiiiiira.
9. No, no, no, no me preguntes sobre mi peso. No, ah ah ah ah, no. Ni subí ni bajé, ni nada, no me importa y no te importa. Salvo que te pregunte y ¡Ay! cuidado con lo que respondas.
10. Por favor, vístete bonito cuando salimos. En el trabajo terno, reloj, zapatos brillantes. Sale con amigos, que los zapatos así o la camisa a cuadros. Cuando venias a jilearme, creí que te auspiciaba Calvin Klein. Ahora, salimos con mis amigas y sus respectivos enamorados, pucha, la camiseta de Alianza Lima del ’94, sin peinarse y un jean con el que estabas barriendo la puerta de tu casa. Y todos igual, como para no desentonar. Parece la recreación de la dama y el vagabundo.

Pd. Igual te quiero ;)

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