Lejos de casa por primera vez

Vaya odisea que se puede tornar la aventura de ir a un hotelito cualquiera por primera vez. Es decir que el solo hecho de escoger la ubicación, el horario y la ropa limpiecita es un casi un drama que se espera tenga un final muy feliz.

En mi experiencia ocurrió que teniendo una variedad multicolor y para todos los bolsillos a dos cuadras a la redonda de la casa de mis padres, calculando someramente debe haber 15 hostales amenizando el paisaje de mi barrio, nunca pude conocer los secretos detrás de esas paredes de letreros luminosos y exóticos canales de cable.

En esa época en la que me preguntaba qué historias se entrelazarían en las pequeñas habitaciones de esos recintos, uno de mis primeros novios me propuso sin aspavientos que ese fin de semana era momento de estar a solas (casi casi como cuando te dicen ‘hay que ver películas’ pero más atrevido). Acepté, firme y resuelta como habiendo querido también haber hecho esa propuesta muchos meses antes.

Así que esperé ansiosa de ver qué había más allá de esos juegos silenciosos en la sala de nuestras casas tras el acecho de nuestros preocupados padres. Llegado el día provista de pocas sofisticaciones nos subimos a un bus que nos llevaría varios distritos más allá del nuestro. Sabia decisión de este muchacho para evitar extraños encuentros por las aceras de nuestras calles.

Luego de casi una hora llegamos a nuestro destino. Había pasado muchas veces por Pueblo Libre; sin embargo, esta vez se veía distinta y hacía tanto honor a su nombre que sentía cosquillas en la piel. Unas cuadras de caminata que nos alejaran de las concurridas avenidas y llegamos a un edificio de verde oscuro como los deseos revoloteando en la sangre. Este tenía menos luces pero ofrecía diversas ofertas de pago.

La entrada era un pasadizo resguardado por un hombre pequeño que nos abrió una puerta de vidrio. En la recepción se hicieron las transacciones necesarias con una señorita que hacía algunas preguntas, se dirigía siempre a él y nunca a mí. Por fin, le mostró un cuaderno que debía firmar. Con el control remoto en una mano y mi bolso en la otra, subimos unas escaleras estrechas. Ya en el quinto peldaño la recepcionista que me había estado mirando atentamente nos detuvo.   No me dijo nada, lo que al parecer era usual en estos contextos pero le preguntó a mi novio: ¿la señorita tiene DNI?

Él miró mi bolso rezando para que aquella mica celeste esté ahí dentro. Yo sabía que no estaba pero igual hice el intento y al parecer Dios no ayuda en estas lides porque efectivamente no había nada que acredite mi suficiencia mental y corporal para aquellos encuentros. Trató de convencería pero mi rostro casi infantil, imagino, hizo que fracasara en su intento.

Salimos al aire frío de agosto en Lima, el hombre que cuidaba el ingreso nos dio las buenas tardes. Será la próxima, atiné a decir mientras él guardaba los 50 soles en el bolsillo de las cajitas negras aún cerradas.

11
  
Ocultar Comentarios

Comentarios (3)

  1. ahhhhh, a mi me pasó parecido ya hace años, pero yo ni tenía DNI en esa época, más roche para mi enamorado, con lo que nos había costado entrar ahí caleta, con las mismas salimos y de ahí nos encontramos con su hermano mayor. Se hizo el loco, más roooooooche

Deja un comentario

Tu correo es estrictamente confidencial y bajo ninguna circunstancia será publicado. Campos obligatorios están marcados *

* Copy This Password *

* Type Or Paste Password Here *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>