Escatologia

Escatología (fisiología) parte de la fisiología que se refiere al estudio de los excrementos (del griego skatós, ‘excremento’).

Escatología (religión) creencias religiosas referentes a la vida después de la muerte y acerca del final del hombre y del universo (del griego ésjatos, ‘último’).

-Adaptado de Wikipedia

Marianne era una chica de mundo, cosmopolita, fina. Vivía su vida al estilo de los comerciales de ropa más caros, parecía que mientras caminaba por la calle un narrador de publicidad de Saga iba describiendo sus características. Pero no me entiendan mal, a mí Marianne me gustaba desde mucho antes de convertirse en eso. Ella antes era distinta, cuando jugábamos en la vereda que compartían nuestras casas, cuando teníamos ocho años, ella era una niña, no una pose de estilo de vida sofisticado. Y entonces Marianne se fue a vivir a Europa con sus padres cuando era una escolar. Y de repente regresó, veinte años después, y de repente me contactó por el Facebook, y de repente estábamos tomando un café en el Coffee Shop más fino de Lima, uno muy europeo, y de repente ella me empezó a acariciar el muslo bajo la mesa, y de repente me fui un momento al baño, digo, al servicio de caballeros, para consultar con mi billetera si podríamos hacer una excepción ese día y darnos un bien merecido lujo llevándola a un restaurante muy exclusivo, muy cosmopolita, como ella misma era.

Una entradita, un plato de almuerzo para cada uno, mejor tres, ya que ella tenía muchas ganas de probar una variante fusión de su idolatrado pato a la naranja, o pato con naranja, o Ducké Naranjé o no sé cómo iba, estaba en otro idioma. Luego, obviamente postre, para los dos, mejor un postrecito más, para que no se quede con las ganas. Ella no podía terminarlo, lo hice yo, demostrando masculinidad a través del apetito, aunque en realidad desde el segundo plato yo ya no podía más con todo aquél volumen, pero estaba desesperado por demostrarle apetito y solvencia. Apetito en un afán para que ella sexualice mi imagen como la de un macho voraz, y solvencia porque, bueno, ella era una chica de mucha clase.

Y así, luego de conversar durante mucho rato, luego de que me vieran con ella y todos voltearan a mirarnos (admirarla) por donde quiera que caminábamos, yo sentí que nacía un nuevo yo, uno muy fino, muy fashion, adecuado para la envestidura que requería salir con Marianne (¿y ser su novio algún día?), ¿cómo se me vería junto a Marianne en un catálogo de ropa? Seguro nos veríamos perfectos, ¿cómo se nos vería juntos en un yate, con enormes lentes de sol? Me empezaba a gustar la idea, y yo iba disfrutando esa imagen mientras la imaginaba desnuda.

Llegamos al hotel, estacionamiento muy discreto y habitaciones de lujo, un sueño, como ella merecía. Y como yo merecía también, ese día nacía como chico fashion. Era mi bautizo en esa nueva vida, y pues claro que valía la pena exprimir mi tarjeta de ahorros por ese noble objetivo. Ella lucía tan bella, pero sobre todo tan sofisticada, y yo por supuesto que mostraba la talla.

Ella ya debería estar algo ansiosa o tal vez fastidiada. ¿Por qué no fui al baño de la recepción? O mejor dicho ¿Por qué tuve que tragar como un vikingo enorme tanta comida que ni sabía pronunciar? Llevaba ya tal vez unos doce minutos sentado en el lujosísimo inodoro de nuestra lujosísima habitación. Le dije “espérame un ratitito, voy a lavarme la cara, ¿si?” y ella por supuesto accedió mientras yo no aguantaba más. No hice nada de ruido, y terminé finalmente. Lleno de sudor, tiré de la cadena, dos veces, sin resultado. Tiré dos veces más mientras trataba de no entrar en pánico. Nunca iba a pasar. Estaba perdido. La única solución posible sería pedir otra habitación, inmediatamente, antes de que ella ingrese al baño y se encuentre con la enorme desgracia. La evidencia de mi delito gastronómico nunca iba a desaparecer del fino inodoro, nunca iba a atravesar la canaleta y nunca se iba a ir. Tiré de la cadena en total seis veces, ella ya lo sabría, estaba casi seguro, salí del baño, seguramente rojo como un tomate, y le pedí que me esperara un momento. Ella me miró extrañada, y salí raudo de la habitación, redoblé el paso por las escaleras, casi atropellé a una pareja que subía lenta y tímidamente, “sorry, sorry”, llegué a recepción, saqué cincuenta soles más de mi usualmente tacaña billetera, y conseguí el cambio de habitación, argumentando a la recepcionista “fallas en el baño”. Se rió sin disimulo y me dio una nueva llave y control remoto. Subí rápidamente, esperando que en esos siete minutos Marianne no haya entrado al baño. Eso nunca lo supe, cuando entré ella estaba en la cama, aún vestida y noté su dificultad para mirarme a los ojos. Le dije que nos habían cambiado de habitación porque esta yo la encontraba muy fría. “Okey, vamos, ¿pero podemos ver televisión nomás?” me dijo mirando por la ventana, mientras yo me daba cuenta de que mi nacimiento como chico elegante y con mucha clase había llegado a una muerte súbita y sobre todo prematura.

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