Amor Prohibido II

Se llamaba María del Carmen. No María y no Carmen. Sino todo junto y con “del” de por medio. María del Carmen. Tenía siempre sus cojudeces, esas necedades aleatorias con que los huachafos buscan formarse una personalidad. Después de ese plantón estuvo evadiéndome por un tiempo. Solo me llamaba de vez en cuando por el teléfono interno de la empresa pero como yo no tengo oficina aparte, no podía discutir de nada. Es que a mi lado tengo al sapo de Balladares, y ese es peor que jerma. Me dijo que tenía miedo. Que creía que su marido se había enterado de lo nuestro y que andaba espiandonos. Que conocía detectives y que no dudaría en llegar al extremo de chuponear su celular. Que el carro en el garaje de aquel hotel discreto en Lima había sido una sutil advertencia. Que ella al final no se había atrevido a encararlo por miedo a tampoco saber justificar su presencia en el hotel. A mi todo me parecía inverosímil. Yo en el fondo sabía que su marido (También) le ponía los cuernos, pero el problema era que nadie lo sabía con seguridad. Habría que cogerlo con las manos en la masa, pero con un tombo no hay forma. Mucho riesgo. Prefería seguir creyendo que María del Carmen se estaba poniendo paranoica. Aunque claro, con cosas así ya me conozco. Prefiero fingir que todo esta bien a convencerme que un tombo cornudo, rabioso y armado anda rastreando mis pasos. ¿Lógico no? Igual ella me dijo que era mejor no vernos más, dejarlo todo antes que llegue la sangre al río. Yo la miré con una expresión entre incrédula e irritada (Una de sus cojudeces era hablar con dichos). ¿A qué te refieres? Le increpé. Pues lo que oyes. Me aclaró. Yo no entendí. Solo pensaba en que quería acostarme con ella ya pero era evidente que no llegaríamos a nada en ese momento. Estaba demás hablar. Levanté la frente, hice un puchero, le dije algo del tipo “Que pena cariño” medio altivo, medio posero, y salí de su oficina. Lo de altivo esta vez no estaba completamente fuera de lugar. Sé de estrategias y sobre todo sé de mujeres despechadas. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, me dije medio infectado con la cojudes de los dichos. Necesitaba un plan, necesitaba sobre todo una nueva trinchera. Había que matar dos pájaros de un tiro. Pensé. Le faltarían mis piropos, mi atención constante, yo entre tanto me buscaría otra para pasar el tiempo, Maria del Carmen se enteraría, se pondría celosa y me buscaría. Era evidente. Me puse a maquinar. En la oficina la motivación de mi equipo andaba últimamente medio caída. Malos resultados, algunos conflictos de interés. Pensé en salir con el equipo a hacer algo ameno. Una comidita de confraternidad y quien sabe después a alguna discoteca. Tenía a dos en la mira, Lorena y Cecilia. Lorena era nueva en la empresa y aun nos trataba a todos con mucha cautela. Era cuestión de suavizarla un poquito, hablando bonito, traguitos de por medio claro. La chica lo valía, buen rabito, esbelta, pecosita. Con Cecilia la cosa era distinta. Con ella ya había tenido mis encontrones. Años atrás. Una morochita robusta. muy power, muy rendidora ella. Lo bueno de Cecilia era que siempre se había tomado todo con ligereza, sin paltas, sin roches. Ahí seguíamos trabajando juntos de lo mas normal, claro que a mi me habían ascendido y a ella no, y aun así, jamás había vuelto a insinuarse ni nada. Buena chica, con ella las cosas no se me pondrían difíciles. Aunque claro uno siempre tira para la novedad. Lo desconocido, Lorenita era la predilecta sin duda. La cena estaba planeada para el viernes, quedaban cuatro días aun. La gente se había entusiasmado. Como no, con comida y bebida a cuenta de la casa. Yo tácticamente había comenzado a tantear a Lorenita desde ya. Inmediatamente después del e-mail masivo había pasado por su escritorio. Espero que puedas acompañarnos Lorenita. Le había dicho pícaro. Ella había sonreído con carita de circunstancia aunque igual me dijo que claro, que encantada. El día de la comida me aseguré de tenerla a mi costado. El truco es entrar al restaurante conversando de algo y luego ofrecerle un silla sin más. A veces hay que ser mandado. La senté a mi derecha. Ven Lorenita siéntate aquí a mi lado que por aquí roban. Me sonrió halagada. De salida nomás mande a por una ronda de piscos sour, para disolver las formalidades, para entrar en calor, para aflojar la lengua. Durante los entrantes me solté con una andanada de anécdotas de la oficina, las infalibles, bromas que ya habían probado su chispa en tantas otras reuniones. El grupo reía, la mayoría con la displicencia de haber oído el mismo cuento mil veces. Lorena en cambio reía con sinceridad, para ella todo era aun flamante, hasta las bromas refritas. Llegado el plato de fondo ya habíamos arrancado con los discursos y la emotividad, lo invalorable que era cada miembro del equipo, el sacrificio y la lealtad. Me interesaba un pepino todo eso, lo único que esperaba era cerrar cada discurso con un brindis. Nos bajamos dos piscos sour más por cabeza durante esa ronda de emotividad. Miré a mi derecha y vi a Lorenita chinita de risa, le di un toquecito en la pierna, así como quien no quiere la cosa. Me contestó tocando mi mano. Dos plazas más allá vi la cara de Balladares concentrada en nosotros. Pensé que ese sapo era exactamente quien necesitaba para diseminar el rumor. Le eché una miraba cómplice y un guiño al ojo. Me contestó el gesto. Esto ya estaba hecho. Maria del Carmen se enteraría de seguro. Ya pasados los postres nos habíamos bajado seis botellas de vino y varias rondas de pisco sour. Otros oradores habían tomado el relevo, se contaban chistes colorados en pequeños grupos. Aproveché para crear un poco de intimidad con Lorenita, le comencé a hablar de mi niñez, de mis comienzos en la empresa, de la lenta ascensión hasta quien era hoy. Medio solemne, medio sentimental, ella había pegado su silla a la mía, me rozaba con sus piernas. Pedí dos copas de Sambuca para impresionar. El camarero me miró con cada de número equivocado. Yo contaba con su ignorancia.

Le expliqué como servirlo, con los granos de café y el fuego. Varios en la mesa se animaron a más copas. A nuestro al rededor las mesas habían quedado vacías. Daban las once. Alguien sugirió ir a bailar, yo contaba con eso. Pero adonde. Lorenita sugirió un lugar, ella conocía al portero y no pagaríamos entrada. Todos rugieron empilados. Ella me sujetó la mano fugazmente. Vi que Balladares no nos quitaba los ojos de encima. Esta es la mía. Pensé. Salimos a la calle en un enjambre difuso. ¿Por donde? ¿Por donde? Paramos varias taxis, el tráfico en calle enloqueció. En la confusión varios se excusaban, otros compromisos, mi esposa espera, vivo lejos, Balladares era uno de esos, me aseguré de darle el adiós personalmente, una palmadita de compinches en el hombro. Lo último que vería del grupo sería a Lorenita y a mi sujetándonos por la cintura. La semilla estaba plantada. En medio de la confusión me subí en el mismo taxi con Lorena y Cecilia. No podía mandarme aun, la tenía apretadita contra mi cuerpo pero no podía hacer nada. El taxista subió la radio, una cumbia estridente. La noche daba vueltas. Diez minutos después habíamos llegado al lugar, éramos siete. Había mucha cola, rápidamente Lorena se desmarcó. Vamos chicos, dijo embalada. Todos la seguimos a la puerta, saltándonos la cola. Resultaba que Lorena conocía al portero. Antes de decir nada la vi besarlo en los labios. Resultaba que no solo conocía al portero que nos dejaría entrar gratis. También era su enamorado. Un chico musculoso y por demás muy amable. Me hice el disimulado. Uno por encima de toda eventualidad tiene que guardar las formas. En medio del tumulto de la entrada me giré a buscar a Cecilia con la mirada. Me miró con cara de pena, había visto todo de principio a fin. Estaba en evidencia. Era inevitable. Bailaría solito y con el rabo entre las piernas.

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Comentario (1)

  1. Eso te pasa por dártelas de galán, te quedaste sin soga y sin cabra. Muchos creen que nos nos damos cuenta de lo que está pasando pero así son los hombres, perdiste esta vez

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