Galán de Cine

-¿Y tienes carro me dices?

-Obvio, mi viejo me lo regaló hace un mes, cuando cumplí dieciocho. Está nuevecito.

-Okey, pásame a recoger a las diez y media, a dos cuadras de mi casa, hacia la avenida, le dije a mi papá que voy a salir con unas amigas, no sería buena idea que te vea a ti ni a tu carro, pues, Meteoro.

Y salí listo para recogerla, una pulverizada con el mejor perfume de mi viejo, bastante gel en el pelo al estilo de galán de cine norteamericano y una casaca de cuero impecable y negra.

Hacíamos juego, combinábamos bastante bien, ella también usaba cuero pero en las botas, muy distinta a cómo iba vestida a la academia normalmente. Estaba seguro de que combinábamos muy bien con el carro negro reluciente además. Parecíamos salidos de la televisión, de alguna película adolescente.

-¿Y a dónde vamos? ¿Café o me vas a llevar a tonear?

Díselo, directamente, si no quiere ¿qué puedes perder? nada. No puedes perder lo que no tienes.

-¿Vamos a un telo?

-Ja, ja ja. ¿Así me piensas enamorar, en serio?

-Ehhhmmmm ¿sí?

Me miró casi compasivamente, pero con ternura.

-Vamos, tonto.

Y nos fuimos, a esa hora no sería tan difícil encontrar uno con cochera disponible. Gran error. No sé si todas las habitaciones estaban llenas en todos los hoteles del distrito, pero sus cocheras definitivamente lo estaban. Yo reía nerviosamente tratando de hacerle creer que controlaba la situación, hasta que noté que se impacientaba. ¿Y si al final se aburre y ya no quiere entrar? Tenía que encontrar un lugar con cochera rápido. ¿Y si dejaba el carro en la calle nomás?

Y a los pocos minutos por fin encontré uno. Se leía “Cochera Libre” en un feo letrero amarillo al lado de la puerta, y la flecha que estaba inscrita ahí señalaba una rampa en descenso demasiado pronunciada para mi gusto y mi experiencia.

Me adentré en la rampa con mucho cuidado, a paso de tortuga y grande fue el susto cuando a cinco metros frente al auto apareció el vigilante haciendo gestos con ambos brazos, los movía frenéticamente de forma horizontal. Ya no había espacio. Maldije al último usuario que había llegado al hotel y me había quitado ese sitio que era para mí. Ella me miró con rostro aburrido, enojada conmigo ¿Por qué? ¡No fue mi culpa¡ y no había espacio para rotar dentro del reducido estacionamiento. “Salga en retro nomás, maestro” me indicó la máxima autoridad de aquella improvisada pista de aterrizaje y yo, aunque ya no me sentía como un actor de película, y con el fin de llevar a cabo la faena en algún otro hotel con mejor estacionamiento, estaba obligado a seguir proyectando mi imagen de macho alfa.

El motor se apagó dos veces por mi adormitada poca destreza al volante, la cual venía a despertar justo en el momento menos oportuno. Logré encenderlo finalmente y poner retroceso en aquella rampa tan mal construida que tenía casi sesenta grados de inclinación. Y saliendo en retroceso, muy inclinado y con mucho miedo, pasé de ser un héroe de acción a ser el tonto favorito de cualquier comedia cinematográfica.

Golpe, nos chocamos con una camioneta 4×4 que entraba justo por donde yo planeaba salir, mejor dicho la choqué yo. Y pude escuchar a la serpiente de cascabel que se burlaba de mí por detrás de mi cabeza un segundo antes de devorarme, el sonido de los cristales rotos.

El robusto ejecutivo treintón se bajó despotricando de su camioneta mientras pensaba dónde me iba a golpear primero.

-¿Tu papá te pagó el seguro de tu carro también? Si lo hizo no pasa nada, tranquilo.

-No es mi carro, es de mi viejo, y lo saqué sin permiso.

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