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Vanessa
About Vanessa
Estudié psicología aunque siempre quise estudiar literatura. Cuento mis historias porque estoy segura que los hombres se equivocan al juzgar a a mi género, sobre todo cuando se trata de encuentros en pareja. Estoy aquí para que se pueda apreciar ese otro lado, aún misterioso.

Déjà-vu

Los planes han salido tal y como esperabas. En tu escritorio ves el reloj marcas las horas, viernes seis de la tarde, los minutos se ponen difíciles pero lo logras. Bajas las escaleras encantada, no sin antes acomodarte un poco el pelo en el baño de la oficina. Esos retoques apurados y ya estás sentada en el taxi rumbo al placer.
Han decidido encontrarse en un restaurante cualquiera, comer algo rápidamente y enrumbar a la habitación de sábanas recién cambiadas, al menos eso creen, para acabar con esa inquietud que viene corroyéndolos durante los últimos días. Ni te imaginas lo que te espera horas más tarde. Apenas entran, sabes que ese lugar es demasiado llamativo, pero vamos, ya estás grande para superar pasadas vergüenzas.
Sacas el dinero que se paga por adelantado, por supuesto, él te mira pasmado. ¿Cómo te atreves a sacar los billetes delante de todos? No vayan a pensar que a él le falta algo en la billetera. Le sonríes y piensas dar lo que te corresponde en unas horas. Mientras se inician esos trámites con la recepcionista, tú te sientas en los muebles a leer una revista.
Pronto, estás en el ascensor. Junto a dos personas más que intentan esquivar las miradas. ¿De qué se sienten culpables? La llave dice 412 así que bajan caminando lento hacia una habitación de puerta blanca. Ya dentro es complicado ver cuál es el orden de los factores. Ese poco tiempo juntos y aún no saben qué hacer realmente, ver un poco de televisión, ‘ponerse cómodo’, relajarse.
La habitación es básica con una cama de dos plazas llena de dobleces en las sábanas y nutrida de dos grandes almohadas. Junto a una pequeña ventana que da a la calle hay una mesa de madera con vasos de vidrio y dos sillas mal puestas. El televisor estándar está sujeto al techo de modo que puede acomodarse en cualquier sentido.
Llega la noche y luego de un par de tragos, decides vestir aquel traje especial que se durará en tu cuerpo apenas unos instantes. Felizmente no se apagan las luces pero sí se cierran las cortinas y se le pone seguro a la puerta, por si acaso. Se llena el ambiente de aquel calor especial.
A la mañana siguiente tienes una sonrisa en el rostro durante el pequeño desayuno que toman en el restaurante del hotel. Las miradas parecen decir algo más entre ustedes. Con esa alegría sales de nuevo al mundo, no sin antes darte cuenta que aquella frescura con la que quieres manejarlo todo se te acaba en un dos por tres. En la entrada está tu ex novio, vaya coincidencia. Está en el mismo trámite de pagar y su nueva compañera está sentada leyendo la misma revista que tú misma, ayer. Decides evitarlo pero no existe otra salida en ese hotel más popular de lo que esperabas. Respiras y pasas rápido pero no desapercibida.
Él tampoco parece saber muy bien cómo moverse. Así que respira hondo y te saluda. Tú te liberas rápidamente de la mano de tu acompañante por un instinto extraño de estar traicionándolo de alguna manera. Parece experimentar lo mismo aquel hombre alto que solías ver casi a diario hacía un año, pues los terceros se quedan pasmados al desaparecer de la realidad. Ustedes intercambian unos besos en la mejilla sutiles pero bastante expresivos. Qué incómoda parecía la situación y sin embargo ahí están preguntándose por sus nuevas vidas. Por supuesto, todo se mantiene en los temas familiares y laborales, quiénes son los nuevos en sus historias parece ser el tabú de la conversación casual. Sonríen y tú pareces darte cuenta de con quién venías, así que te despides con un abrazo y de pronto sabes otra vez que estás saliendo de un hotel. Gran conclusión de los finales felices en estos lugares.
Tu nuevo novio te recrimina solamente con la mirada, qué estará imaginando en su mente, aquellas historias que no le has contado. Sabe exactamente con quién te acabas de encontrar y que tu amabilidad no es nada fingida. Piensas en la chica, a la que analizaste rápidamente desde muchos ámbitos, estará pensando lo mismo. No sé por qué te llena de una ligera sensación de triunfo que dura solo unos instantes.
¿Recuerdas aquel hotel del que todos te hablaban de vez en cuando pero cuyo nombre nunca terminabas de recordar? Ahí estás hoy. Un atareado fin de semana para los visitantes pasajeros en busca de privacidad. No te habías percatado pero estás saliendo del hotel que todos tus amigos recomendaban y que todos visitan. Evitar la circunstancia fue imposible. Ahora sabes muy bien que es tu primera y última visita.

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Lejos de casa por primera vez

Vaya odisea que se puede tornar la aventura de ir a un hotelito cualquiera por primera vez. Es decir que el solo hecho de escoger la ubicación, el horario y la ropa limpiecita es un casi un drama que se espera tenga un final muy feliz.

En mi experiencia ocurrió que teniendo una variedad multicolor y para todos los bolsillos a dos cuadras a la redonda de la casa de mis padres, calculando someramente debe haber 15 hostales amenizando el paisaje de mi barrio, nunca pude conocer los secretos detrás de esas paredes de letreros luminosos y exóticos canales de cable.

En esa época en la que me preguntaba qué historias se entrelazarían en las pequeñas habitaciones de esos recintos, uno de mis primeros novios me propuso sin aspavientos que ese fin de semana era momento de estar a solas (casi casi como cuando te dicen ‘hay que ver películas’ pero más atrevido). Acepté, firme y resuelta como habiendo querido también haber hecho esa propuesta muchos meses antes.

Así que esperé ansiosa de ver qué había más allá de esos juegos silenciosos en la sala de nuestras casas tras el acecho de nuestros preocupados padres. Llegado el día provista de pocas sofisticaciones nos subimos a un bus que nos llevaría varios distritos más allá del nuestro. Sabia decisión de este muchacho para evitar extraños encuentros por las aceras de nuestras calles.

Luego de casi una hora llegamos a nuestro destino. Había pasado muchas veces por Pueblo Libre; sin embargo, esta vez se veía distinta y hacía tanto honor a su nombre que sentía cosquillas en la piel. Unas cuadras de caminata que nos alejaran de las concurridas avenidas y llegamos a un edificio de verde oscuro como los deseos revoloteando en la sangre. Este tenía menos luces pero ofrecía diversas ofertas de pago.

La entrada era un pasadizo resguardado por un hombre pequeño que nos abrió una puerta de vidrio. En la recepción se hicieron las transacciones necesarias con una señorita que hacía algunas preguntas, se dirigía siempre a él y nunca a mí. Por fin, le mostró un cuaderno que debía firmar. Con el control remoto en una mano y mi bolso en la otra, subimos unas escaleras estrechas. Ya en el quinto peldaño la recepcionista que me había estado mirando atentamente nos detuvo.   No me dijo nada, lo que al parecer era usual en estos contextos pero le preguntó a mi novio: ¿la señorita tiene DNI?

Él miró mi bolso rezando para que aquella mica celeste esté ahí dentro. Yo sabía que no estaba pero igual hice el intento y al parecer Dios no ayuda en estas lides porque efectivamente no había nada que acredite mi suficiencia mental y corporal para aquellos encuentros. Trató de convencería pero mi rostro casi infantil, imagino, hizo que fracasara en su intento.

Salimos al aire frío de agosto en Lima, el hombre que cuidaba el ingreso nos dio las buenas tardes. Será la próxima, atiné a decir mientras él guardaba los 50 soles en el bolsillo de las cajitas negras aún cerradas.

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