Author Archives: Ismael

Ismael
About Ismael
Estudié administración de empresas y trabajo desde hace 5 años en una empresa de importación. No sé por qué, pero no tengo suerte en el amor, siempre me termina pasando algo. Sí hay algo que soy, es persistente aunque normalmente me enredo con la chica equivocada

Demasiado bueno para ser verdad

Después de ese debacle anduve oculto en mi caparazón.  Aislado, evitando toparme con cualquier mujer. Como secretamente creyendo que llevaba el bochorno pintado en la cara de huevón. Un viernes al final del día sonó el celular. Era mi pata Rodolfo. Habíamos sido siempre los mejores amigos en la secundaria. Un buen día, como tanta otra gente, se mandó a mudar a los United. Ahí vivía desde hacía una década. Oye comparito. Adivina. Estoy en Lima. Adivina más. Esta noche nos perdemos. Se había colado en una delegación de su universidad. Era el guía, traductor, dealer, guardaespaldas y chacal del grupo. Venimos de camino del aeropuerto y la gente tiene sed. Hacemos el check in y te recojo en el Ovalo de Miraflores en una hora. Chau comparito. Oye, Rodo, pero. Que falta de respeto. No me dejó tiempo de hacer el amague, contarle acerca de mis heridas, decirle que tenía sueño, ni siquiera tiempo para hacerme el indispuesto. Una hora más tarde estaba ahí paradito en el ovalo con mi cara de huevón y esas fachas que tienen todos los oficinistas cuando están de asueto. Una combi nueva se aproximaba. Rodo asomaba su cabezota despeinada por la ventana del pasajero. Silbaba ruidoso. Compariiiiito ¡Súbete al toque! Me trepé como pude en la parte de atrás. De pronto no sé lo que vi, solo sé que no me lo esperaba. Mis ojos eran dos platos, mi mandíbula colgaba. Dentro de la combi, a mi ladito nomás había como cien gringas. Todas buenotas. Todas doradas, todas patonas, saludables, potentes, sonrientes y sobretodo desatadas. El corazón se me aceleró. Me sobrevino un soponcio. La combi se puso en marcha. Yo seguía pálido. A las chicas solo les causaba gracia mi sincope. Lentamente pude estudiar la situación al detalle. En realidad no eran cien sino cinco chicas. Rodolfo se reía conmigo. Mira lo que te he traído hermanito. Sírvete nomás con confianza. Reímos en complicidad. Las gringas nos seguían la corriente sin entender nada. Anduve medio bobo un par de cuadras. Las gringas me hablaban de no sé qué. Solo me sonreían más lindas y yo me ahuevaba más. Mi inglés de la Trilce se esforzaba por seguirles el juego sin cagarla mucho. Nos fuimos directamente a un bar en Barranco. Piscous sour! Rugió una gringa narizona tras revisar su Lonely Planet. Infalibles, pensé yo. Todos celebraron a gritos sin entender de qué iba la cosa. Una de las gringas se me había pegado, no sé si por el poco espacio de la combi o por simpatía. Se llamaba Keyla. Comenzamos a conversar. Hablaba español bastante bien, yo hice un ampay me salvo mental y puse mi inglés de la Trilce de vuelta en el cajón. Keyla hablaba mucho. Quería saberlo todo. En qué lugar vivía, cuantos hermanos tenía, como era la vida en el Perú, como era la música, la comida, la cultura. Muy rápidamente saqué línea de que ella era sería mi objetivo esa noche. Se quedarían una semana y yo ya me imaginaba paseando a la gringuita por toda la ciudad, bien campante, todo un campeón. No le di vueltas al asunto y le ofrecí mi compañía incondicional de inmediato. La gringa encantadísima con todo. Yo casi me persigné. Minutos más tarde entrábamos del brazo a un bar del Bulevar. Nos ubicamos bien. En una mesita medio a oscuras a un lado de la pista de baile. Dos parejas con cara de aburridas bailaban un merengue de los noventa. Los piscos sour no tardaron en llegar, yo al instante me mande a contar los detalles de la receta con la solemnidad de un catedrático. Para la tercera copa la receta había cambiado tres veces y ya me había mandado con las historias no solo de la bebida, sino también de la ciudad de Pisco, el departamento de Ica, el sur del Perú y hasta la guerra con Chile, todas perfectamente inventadas por mí mismo. Keyla sonreía maravillada. Palmeaba mi pierna de cuando en vez. Se me hacía que no entendía un carajo pero me daba igual. Ese era mi momento de gloria. Inspirado por mi mismo cogí a la muchacha del brazo y la llevé a la pista de baile. Ella me siguió sin resistencia. Rodo aprovechó la viada del momento para arrastrar a otra de las chicas a la pista. Tocaban una cumbia. Comenzamos a bailar juntitos aunque no pegaba con la música. Ella se reía, tenía calor, yo sentía el vaho emanando de su pecho. Me estaba excitando. No quería que se de cuenta. Aun no. Yo le hablaba al oído. Le enseñaba como bailar. Le hablaba de la cumbia, de sus orígenes, de su desarrollo. Me inventaba todo. Ella se dejaba llevar, me sujetaba fuerte. Yo le hablaba solo porque así sentía su perfume fresco. Vi de reojo que otros chicos se habían acercado a nuestra mesa, les hacían la conversación a las tres gringas que quedaron solas. Vi que Rodo entre cada sorbo ya estaba dándose picos con la otra gringa. Sentí prisa por besar a la mía también. Intenté un pequeño amague. Algo como un roce de labios accidental. Ella se apartó sutilmente, en un movimiento también accidental que me dejó confundido. Quise volver a crear un momento como el que había pasado pero entonces comenzó una salsa demasiado movida como para andar apachurrándose. Guardé mis intenciones y me fui al baño volando. Para encaletar el paquete.  Al volver a la mesa los intrusos ya se habían acomodado. Yo rápidamente despaché a uno que ya había comenzado a conversar con la mía. Los demás que bailen con su propio pañuelo, pensé. Entre tanto el lugar se había llenado. Todos nos miraban con envidia. La mayoría eran estudiantes que ansiosamente compartían jarras de cerveza. Le sugerí a Keyla dar un paseo para tomar aire. Aceptó encantada. De alguna forma la gringa se encantaba con todo. Caminamos hacia la plaza y luego bajamos camino al Puente de los Suspiros. Yo por supuesto, muy ávido, le expliqué la historia. Se alegró aunque por primera vez en la noche me había arrojado una mirada de desconfianza. Esa historia de besitos en el puente era por algún motivo demasiado evidente en ese momento. Supe que ese no era el momento de lanzarse a la piscina. Continuamos nuestro paseo por las callecitas estrechas del centro. De vuelta al Bulevar nos detuvimos un rato en la bodega Juanito. Nunca antes había ido a ese lugar acompañado de una chica. Aproveché para beneficiarme de la costumbre sentándonos en el salón de adelante. Le expliqué la normativa de la casa. Bastó con que ella echará un vistazo al salón de atrás, repleto de hombres, para corroborar mi historia. Le pareció una costumbre discriminatoria y un poquito sexista. Yo no entendí ni papa de su argumento. Me daba igual. Entre tanto ya me había pedido dos butifarras y dos chilcanos cargaditos. Otra historia medio gastronómica, medio folclórica siguió. Me sentía creativo, inspirado. Conocía esa sensación y no confiaba en ella, aunque algo me decía que esta vez si tendría suerte. Keyla en todo caso me seguía la corriente feliz. Al probar la comida le entró un no sé qué de emoción. Me rodeó el cuello con sus brazos y me besó en la mejilla. Un beso ruidoso, con muchísimo cariño. Por supuesto que no me atreví a voltear la cara. Esta vez decidí quedarme callado por un rato, en parte porque me había dejado lelo con ese avance. Curiosamente fue ella la que esta vez tomó la iniciativa. Comenzó a contarme de su vida, de sus estudios, sus amigos, los lugares donde había vivido. Yo oía atentamente y sin escuchar nada. Solo me dedicaba a mirar sus labios delgados, sus pequitas, su cabello encendido, sus ojitos. De pronto el ruido del celular me sacó de mi sueño. Era Rodo. Sonaba agitado, tenía prisa. Me preguntó dónde estaba, dónde había estado, que qué había hecho con la gringa y qué tramaba. No esperó mis respuestas, prefirió asumir todo. Solo me comentó que ya se habían vuelto al hotel. Que no supo qué hacer con tanta gringa y con tanto tiburón. Yo sabía que quería estar a solas con la de los picos. Me pidió que devuelva a la señorita sana y salva a su hotel y que nos veríamos pronto. No hay problema hermanito. Yo me encargo. Le dije. Al colgar me di cuenta que ya había pasado la media noche. Aun no estábamos cansados y junto con las energías renovadas por los chilcanos decidimos volver a la discoteca del Bulevar. Esta vez fuimos de la mano. Al llegar vimos nuestro lugar completamente tomado por los tiburones y algunas chicas de otros grupos. No quedaba rastro de las gringas. No nos importó y nos pusimos a bailar un reggaeton faltoso. Sentíamos el clandestino gusto de portarnos mal sin testigos. Keyla se estaba desenfrenando rápidamente, volteándose y bajando lentamente hasta tocar el suelo. La gente en la pista de baile le hacía espacio, aullando, alentando a la gringa loca. Era la atracción y yo el amo. Contemplaba toda la escena altivo y superior. Ya comenzaba a saborear la victoria sin tener aun idea de lo que estaba por venir. Porque justo en medio de la agitación frenética del baile, de la nada había aparecido una de sus amigas, la gringa narizona. A mi me hizo un “hello” distante mientras que a Keyla le dio un abrazo fuerte con apretón de nalga. La pista de baile hizo un uff disimulado. Me fui a comprar algunos shots de lo que sea. Tenía un miedo intrínseco de que ese fuego se vaya a apagar. Al volver las encontré abrazadas bailando lambada. La música era reggae pero les importaba un pepino. Cuatro tiburones asomaban en torno a ellas. Me abrí paso a gritos y caderazos. Al verme con los tragos las chicas se me abalanzaron encima. Me besaron una en cada cachete y me convertí automáticamente en el dueño de la discoteca, que va, de todo el bulevar, que va, de todo el barrio, Lima, Perú y el mundo. Un amo absoluto. De pronto las chicas elevaron sus copas al aire atrayendo toda la atención. Todos miraron. La narizona se apuró en beber su trago. Inmediatamente después tomó a Keyla de la cintura acercando ambas bocas. Luego, muy lentamente dejó fluir la bebida de sus boca a la de Keyla. Lamían las gotas de la piel de la otra, se besaban con descaro en la boca. La pista de baile soltó un wow que vino de ultratumba. Yo me paré al lado de la acción, mismo propietario de atracción de circo. Ellas siguieron bailando provocativas, no les importaba la multitud de hombres asediéndolas, se movían, coqueteaban y de tanto en tanto se besaban. A mi ya me daba igual que se me notara el paquete. Bailaba con ellas juntas, una por una, de atrás y adelante, lento y frenético, bailaba y bebía sin un mañana por delante. Las chicas me tomaron de la mano. Me arrastraban hacia la calle. Ahora se ponía interesante la cosa, pensé. Me dejaba llevar, las tomaba por la cintura, cuerpos firmes, jóvenes. Una vez afuera el show siguió. Con besos atrevidos en medio bulevar. Daba todo igual. Éramos los dueños del mundo esa noche. Seguimos hasta la plaza. Una de ellas detuvo un taxi. No subimos los tres en el asiento de atrás. Durante el camino estuvimos cogidos de la mano, ellas se besaban con un poquito más de recato. El chofer nos miraba por el retrovisor con interés. Hablabamos pavadas en un idioma irreconocible. No sé cuanto duró el viaje. Solo recuerdo que nos detuvimos frente al hotel. Ambas abandonaron el taxi de inmediato. Se tomaron de la mano y caminaron hacia adentro. En mi encendida imaginación vi la posibilidad remota de un trío. Vi al taxista con cara de impaciente. Quince soles manito. Pagué a prisa. Quédese con el vuelto maestro. Salí del taxi y me apresuré casi tropezándome detrás de ellas. Las luces del lobby me pegaron en la cara. Vi por todas partes, no quedaba rastro de las chicas. El velador me miraba con cara de aburrido desde la recepción. Lo ignoré y caminé incólume hacia los ascensores. Me permite su número de habitación caballero. Oí decir detrás de mi. El velador aburrido era ahora un wachimán corpulento que me miraba amenazante. Este, no, digo, yo estaba con las señoritas que acaban de entrar. Me apresuré a decir tartamudeante, presintiendo la derrota. Su número de habitación señor. Contestó implacable el guardia. Si no es huésped del hotel, por favor tenga la amabilidad de retirarse caballero. Pero, este, mis amigas. Alcancé a decir. Si fuera tan amable, repitió señalando la puerta. Lo di por perdido. Ya en la calle pensé en llamar a Rodo. Me di cuenta que ya no estaba excitado. Todo había sido demasiado bueno para ser verdad. Siquiera en el bulevar seguirían creyendo que había triunfado. Ese honor me bastaba por hoy. Me fui a comer una hamburguesa con el último billete que me quedaba. Intentaría convencerme que me había imaginado todo.

Encuentra más historias de amor y anécdotas en RoomVa
www.roomva.com

3
  

Amor prohibido III

Era jueves, casi una semana había pasado desde aquel debacle. El fénix tenía que resucitar de las cenizas. Tenía que lamerme las heridas, había que ser tenaz y, sobretodo, caradura. Un amigo una vez me dijo que el éxito nunca se tiene, solo se finge. Las cosas en la oficina seguían su curso, Lorena, Cecilia, María del Carmen, todas podrían irse al cacho. Bueno, María del Carmen, aun no, primero quería que me de lo mío. El plan había comenzado a funcionar. Como era de esperarse Balladares había regado el chisme por toda la empresa. Los hechos eran irrelevantes, la fantasía es más interesante aun, María del Carmen se me acababa de acercar, tensa, indignada, despechada, tal y como la quería ver, me había dicho que era un sinvergüenza, un canalla mujeriego. Le pregunté por qué, me dijo que no me haga, que bien sabía, le dije que no, que la gente hablaba sin saber, era el momento de dominar otra vez, un giro de capa y la primera estocada estaría puesta, no hagas caso a las habladurías, tu sabes que con quien quiero estar es contigo mujer, le dije. Vi su expresión suavizarse, la vi respirar profundo, casi en suspiro, dudaba. Ya sabes donde encontrarme, le dije misterioso. Le di un abrazo breve y seguí andando por el pasillo, cómodo, campante. Era un día cargado, llegaba el fin de mes, balance de cuentas, reportes por aquí, reuniones por allá. Muy rápidamente me olvidé de ese pequeño encuentro con María del Carmen. Las horas volaron, nadie salió a almorzar, alguien pidió pizzas y gaseosas. Había que chambear a destajo. Más movimiento, más errores que corregir, contabilidad creativa, llegaba la hora de irse a casa, sabía que no podía irme, me quedaban por lo menos tres horas de trabajo. Tiene algo de triste ver la oficina vaciarse, como poco a poco los teléfonos dejan de sonar, las voces se diluyen, las luces se encienden, la concentración aumenta, cuando dieron las nueve solo quedábamos tres compañeros, Rómulo Mendoza, Víctor Chunga y yo. Les dije, muchachos, gracias por el sacrificio, enviemos el reporte y salgamos de este lugar. Se han merecido un trago, yo invito. En la calle el aire era frío, íbamos estirando los músculos, aflojando la modorra de un día entero encerrados. Había una sensación de éxito, de mérito, de orgullo. Fuimos a un bar que se llamaba El Zopilote. Era pequeño y acogedor. El dueño era también el bartender. Se llamaba Erendido y su pasión era el tequila. Tenía una colección inmensa, y era casi ofensivo beber alguna otra bebida en ese lugar. Nos resignamos a la ley y nos pedimos tres copas de un mezcal reposado. Según dijo Erendido, había que beberlo con calma, nada de limón y sal, nada de seco y volteado. Con tranquilidad. El trago hizo rápidamente su efecto. Esa sensación de bienestar que da una copa en mano al final de un día bien aprovechado. Como siempre, de una cosa viene otra. Erendido se había soltado con una anécdota de una amiga suya, una vedette de moda quien venía cada jueves a beberse un tequila con el. Decía que le había cogido gusto durante los años que vivió en México. Aquí entre nos, decía Erendido. A mi se me hace que fue amante de un narco. El que puede puede y el que no aplaude. Dijo Erendido haciendo un mueca medio obscena. Sin decirlo en voz alta se me ocurrió quedarme sentado en ese taburete hasta que la dichosa vedette apareciera. Entre la segunda y la tercera copa vi una llamada perdida en mi celular. Era de María del Carmen. Me pregunté que qué podía ser. Decidí hacerme el difícil y por esta noche ignorarla. Apagué el celular y me puse a escuchar la nueva historia que contaba Erendido. Era acerca de un boxeador que conocía quien hace poco había salido del armario. Mendoza y Chunga reían a carcajadas. De pronto el teléfono de Chunga comenzó a sonar. La melodía era un perreo sórdido. Los demás reímos aun más. Chunga se precipitó a la calle a hablar. Unos minutos más tarde estaba de regreso. Nos vamos muchachos. Anunciaba. Este, como, adonde. Pero vamos a tomarnos otra copita con calma. Intenté comentar. Ni de a vainas. Tenemos mejores planes, dijo Chunga con cara de truco. Me acaba de llamar un pata. Dice que esta de camino al Escarlata, que nos espera ahí. Nos vamos. Dijo tácito. Y eso donde es. Pregunté inocente. Es un bar bien bonito, donde te la vas a pasar muy bien, vamos comparito, yo te guío. Insistió Chunga. Yo lo secundo. Añadió Mendoza. Erendido nos pasó la cuenta al instante. Al despedirse me miró también con cara de truco. Hasta la próxima. Cuídense bien ah. Cogimos un taxi. Al Escarlata jefe. Ocho luquitas muchachos. Dijo el taxista mirando otra vez con cara de truco. Me empezaba a preguntar de qué iba el juego este. Una vez en el lugar no pude detectar nada raro. Gente, bebidas, música. Había chicas muy guapas bebiendo, conversando, había varias parejas bailando, todo en orden. Fui a la barra y me pedí un whisky con coca cola. Una chica me sonreía al otro lado del local. Bebí un primer sorbo y me hice el disimulado. Busqué con la mirada a mis compañeros. Se me habían perdido en el tumulto de la pista de baile. Otra vez volví a cruzar miradas con la misma chica. Me seguía sonriendo. No podía ya hacerme el loco. Le hice un queco que le hizo reír. Me sentí inspirado. Bebí otro sorbo de mi bebida. Esta vez un sorbo largo. La chica se había acercado un poco. Bailaba con una amiga suya a dos metros de donde yo estaba. No me quitaba la mirada de encima. Ahora podía verla de cuerpo entero. Era espectacular. No sé si era el trago o yo pero me vino una sobredosis de confianza. Con seguridad y una sonrisa inquebrantable me acerqué a ella. Bailamos. Le pregunté. Pero por supuesto me dijo riendo con la boca abierta. A mi las risas con boca abierta siempre me han puesto nervioso, aunque no la suya. No sé qué demonios decíamos. Solo sé que tenía acento Colombiano y que se me pegaba muchísimo al bailar. Estaba hipnotizado. Mis palabras parecían importantes, mis movimiento magistrales, mis bromas delirantes, mi voz profunda, mi cuerpo atlético. Bailando con ella me sentí, comporte y en definitiva era un ganador. Hay cosas para las que uno no requiere explicaciones. Mejor está culpar a la buena suerte y embarcarse sin boleto en lo que se presente. Esta no se me iba a escapar. La sujeté de la cintura y me la llevé a pasitos de cumbia al fondo de la pista. Su amiga bailaba con otro hombre. En un descuido me mordió la oreja. Estaba volviéndome loco. La apreté en mis brazos. Intenté buscar sus labios. Ella se giró coqueta. Me  dejó sus tremendas caderas en las manos y la sangre en llamas. Aquí no. Me dijo en un susurro. Cabe decir que los susurros con acento Colombiano cuentan por tres. Salimos del lugar. Me llamó la atención que no se despidiera de su amiga. Pero yo ya estaba en esa fase de la noche en la que el bien justifica todo medio, asi que me dedicaba a no percatarme de nada sospechoso. Nos alejamos un poco caminando. Conozco un lugar por aquí papito. ¿Vienes conmigo? Preguntó haciendo pucherito. Yo la acompañaría al infierno. Me dijo que había que pagar. Yo pensé que no era la primera vez que pagaba un hotel. Hice un conteo imaginario de mi billetera. Vi como cien soles. Basta y sobra. Pensé. No hay problema, vamos bombón. Dije cargado de mi confianza recién adquirida. Cinco minutos después entrábamos de la mano al hotel. No había que pagar de inmediato. En esa casa había estilo, solo bastaba con dejar el DNI. Dijo el recepcionista, portero, bartender, wachiman, recogebola y demás, que nos atendió. El también el me puso cara de truco. Yo estaba resignado y sobretodo concentrado en la mujer que caminada delante de mí. Una vez en la habitación se excusó un momento para ir al baño. Yo comencé a deshacer la cama, cerrar cortinas, encender la televisión, abrir botellas del minibar, creando ambiente según yo. Al cabo de unos minutos salió del baño. Se había quitado la blusa. Venía hacía mi a trote felino. Sujetador de encaje, falda corta, portaligas, tacones, uff. Estaba perplejo, aterrado, incendiado. De un empujón suave me hizo sentar sobre la cama. De un movimiento seco se arrodillo frente a mí. Acariciaba mi pantalón por afuera, lo desabrochaba lentamente, bajaba la cremallera. Se detenía, dejaba su mano cerca, seguía tentándome. Me hablaba con palabras lentas, con carita picara. Antes de seguir papito, me dijo segura, mejor hablemos de negocios ¿Ok?. Pasé un trago de saliva agria. Demoré un poco en comprender. Creo que no quería comprender. Me acordé del conteo imaginario de mi billetera. No me alcanzaba para la transacción. No quería ni saber el precio. No vale la pena contar los detalles. Pagué el hotel y le di el resto a ella. Creo que ni siquiera estaba tan enfadada conmigo. Quisiera creer eso. Fue bochornoso. Felizmente que estaba ebrio. De camino a casa, a pie y misio, volvía a encender mi celular. Había otras tres llamadas perdidas de María del Carmen. También me había dejado un mensaje en la casilla de voz. Estaba iracunda. Me había esperado toda la noche. Sola, bella y totalmente dispuesta en aquel hotel de nuestra primera noche abortada. Todo en vano. Maldita comunicación. Perdí soga y cabra.

Más historias de amor y pasión en RoomVa
www.roomva.com

5
  

Amor Prohibido II

Se llamaba María del Carmen. No María y no Carmen. Sino todo junto y con “del” de por medio. María del Carmen. Tenía siempre sus cojudeces, esas necedades aleatorias con que los huachafos buscan formarse una personalidad. Después de ese plantón estuvo evadiéndome por un tiempo. Solo me llamaba de vez en cuando por el teléfono interno de la empresa pero como yo no tengo oficina aparte, no podía discutir de nada. Es que a mi lado tengo al sapo de Balladares, y ese es peor que jerma. Me dijo que tenía miedo. Que creía que su marido se había enterado de lo nuestro y que andaba espiandonos. Que conocía detectives y que no dudaría en llegar al extremo de chuponear su celular. Que el carro en el garaje de aquel hotel discreto en Lima había sido una sutil advertencia. Que ella al final no se había atrevido a encararlo por miedo a tampoco saber justificar su presencia en el hotel. A mi todo me parecía inverosímil. Yo en el fondo sabía que su marido (También) le ponía los cuernos, pero el problema era que nadie lo sabía con seguridad. Habría que cogerlo con las manos en la masa, pero con un tombo no hay forma. Mucho riesgo. Prefería seguir creyendo que María del Carmen se estaba poniendo paranoica. Aunque claro, con cosas así ya me conozco. Prefiero fingir que todo esta bien a convencerme que un tombo cornudo, rabioso y armado anda rastreando mis pasos. ¿Lógico no? Igual ella me dijo que era mejor no vernos más, dejarlo todo antes que llegue la sangre al río. Yo la miré con una expresión entre incrédula e irritada (Una de sus cojudeces era hablar con dichos). ¿A qué te refieres? Le increpé. Pues lo que oyes. Me aclaró. Yo no entendí. Solo pensaba en que quería acostarme con ella ya pero era evidente que no llegaríamos a nada en ese momento. Estaba demás hablar. Levanté la frente, hice un puchero, le dije algo del tipo “Que pena cariño” medio altivo, medio posero, y salí de su oficina. Lo de altivo esta vez no estaba completamente fuera de lugar. Sé de estrategias y sobre todo sé de mujeres despechadas. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, me dije medio infectado con la cojudes de los dichos. Necesitaba un plan, necesitaba sobre todo una nueva trinchera. Había que matar dos pájaros de un tiro. Pensé. Le faltarían mis piropos, mi atención constante, yo entre tanto me buscaría otra para pasar el tiempo, Maria del Carmen se enteraría, se pondría celosa y me buscaría. Era evidente. Me puse a maquinar. En la oficina la motivación de mi equipo andaba últimamente medio caída. Malos resultados, algunos conflictos de interés. Pensé en salir con el equipo a hacer algo ameno. Una comidita de confraternidad y quien sabe después a alguna discoteca. Tenía a dos en la mira, Lorena y Cecilia. Lorena era nueva en la empresa y aun nos trataba a todos con mucha cautela. Era cuestión de suavizarla un poquito, hablando bonito, traguitos de por medio claro. La chica lo valía, buen rabito, esbelta, pecosita. Con Cecilia la cosa era distinta. Con ella ya había tenido mis encontrones. Años atrás. Una morochita robusta. muy power, muy rendidora ella. Lo bueno de Cecilia era que siempre se había tomado todo con ligereza, sin paltas, sin roches. Ahí seguíamos trabajando juntos de lo mas normal, claro que a mi me habían ascendido y a ella no, y aun así, jamás había vuelto a insinuarse ni nada. Buena chica, con ella las cosas no se me pondrían difíciles. Aunque claro uno siempre tira para la novedad. Lo desconocido, Lorenita era la predilecta sin duda. La cena estaba planeada para el viernes, quedaban cuatro días aun. La gente se había entusiasmado. Como no, con comida y bebida a cuenta de la casa. Yo tácticamente había comenzado a tantear a Lorenita desde ya. Inmediatamente después del e-mail masivo había pasado por su escritorio. Espero que puedas acompañarnos Lorenita. Le había dicho pícaro. Ella había sonreído con carita de circunstancia aunque igual me dijo que claro, que encantada. El día de la comida me aseguré de tenerla a mi costado. El truco es entrar al restaurante conversando de algo y luego ofrecerle un silla sin más. A veces hay que ser mandado. La senté a mi derecha. Ven Lorenita siéntate aquí a mi lado que por aquí roban. Me sonrió halagada. De salida nomás mande a por una ronda de piscos sour, para disolver las formalidades, para entrar en calor, para aflojar la lengua. Durante los entrantes me solté con una andanada de anécdotas de la oficina, las infalibles, bromas que ya habían probado su chispa en tantas otras reuniones. El grupo reía, la mayoría con la displicencia de haber oído el mismo cuento mil veces. Lorena en cambio reía con sinceridad, para ella todo era aun flamante, hasta las bromas refritas. Llegado el plato de fondo ya habíamos arrancado con los discursos y la emotividad, lo invalorable que era cada miembro del equipo, el sacrificio y la lealtad. Me interesaba un pepino todo eso, lo único que esperaba era cerrar cada discurso con un brindis. Nos bajamos dos piscos sour más por cabeza durante esa ronda de emotividad. Miré a mi derecha y vi a Lorenita chinita de risa, le di un toquecito en la pierna, así como quien no quiere la cosa. Me contestó tocando mi mano. Dos plazas más allá vi la cara de Balladares concentrada en nosotros. Pensé que ese sapo era exactamente quien necesitaba para diseminar el rumor. Le eché una miraba cómplice y un guiño al ojo. Me contestó el gesto. Esto ya estaba hecho. Maria del Carmen se enteraría de seguro. Ya pasados los postres nos habíamos bajado seis botellas de vino y varias rondas de pisco sour. Otros oradores habían tomado el relevo, se contaban chistes colorados en pequeños grupos. Aproveché para crear un poco de intimidad con Lorenita, le comencé a hablar de mi niñez, de mis comienzos en la empresa, de la lenta ascensión hasta quien era hoy. Medio solemne, medio sentimental, ella había pegado su silla a la mía, me rozaba con sus piernas. Pedí dos copas de Sambuca para impresionar. El camarero me miró con cada de número equivocado. Yo contaba con su ignorancia.

Le expliqué como servirlo, con los granos de café y el fuego. Varios en la mesa se animaron a más copas. A nuestro al rededor las mesas habían quedado vacías. Daban las once. Alguien sugirió ir a bailar, yo contaba con eso. Pero adonde. Lorenita sugirió un lugar, ella conocía al portero y no pagaríamos entrada. Todos rugieron empilados. Ella me sujetó la mano fugazmente. Vi que Balladares no nos quitaba los ojos de encima. Esta es la mía. Pensé. Salimos a la calle en un enjambre difuso. ¿Por donde? ¿Por donde? Paramos varias taxis, el tráfico en calle enloqueció. En la confusión varios se excusaban, otros compromisos, mi esposa espera, vivo lejos, Balladares era uno de esos, me aseguré de darle el adiós personalmente, una palmadita de compinches en el hombro. Lo último que vería del grupo sería a Lorenita y a mi sujetándonos por la cintura. La semilla estaba plantada. En medio de la confusión me subí en el mismo taxi con Lorena y Cecilia. No podía mandarme aun, la tenía apretadita contra mi cuerpo pero no podía hacer nada. El taxista subió la radio, una cumbia estridente. La noche daba vueltas. Diez minutos después habíamos llegado al lugar, éramos siete. Había mucha cola, rápidamente Lorena se desmarcó. Vamos chicos, dijo embalada. Todos la seguimos a la puerta, saltándonos la cola. Resultaba que Lorena conocía al portero. Antes de decir nada la vi besarlo en los labios. Resultaba que no solo conocía al portero que nos dejaría entrar gratis. También era su enamorado. Un chico musculoso y por demás muy amable. Me hice el disimulado. Uno por encima de toda eventualidad tiene que guardar las formas. En medio del tumulto de la entrada me giré a buscar a Cecilia con la mirada. Me miró con cara de pena, había visto todo de principio a fin. Estaba en evidencia. Era inevitable. Bailaría solito y con el rabo entre las piernas.

10
  

Amor prohibido

Ese fue mi error. Me faltó pensar, anticipar, calcular fríamente. Así soy siempre con las mujeres que me ponen. No pienso en nada. Sabía que su marido era tombo pero me faltó la conexión. No hay tombo que no sea putañero, y ese hotel también era burdel. Ahí estaba el detalle. Ahí te faltó pensar Ismael. Pero daba igual, cosas así son impredecibles, es la vida del artista.

Llevaba ya muchísimo tiempo trabajándola. Su oficina estaba en el área de contabilidad. Yo, ni corto ni perezoso por cualquier facturita, cualquier corrección, me olvidaba del e-mail, del teléfono y pasaba por ahí. Ah, la vida ejecutiva que pendeja es. Porque ella tenía una oficina para sí misma. Sin sapos, sin entrometidos –Hola Ismaelito que gusto. Ismaelito hace tiempo que no pasas a visitarme, seguro que tienes otra. Ismaelito pasado mañana es mi santo, no te olvides– Así pasamos lentamente de las bromitas subidas de tono a los masajitos inocentes, a compartir el mismo cigarro (Y yo ni fumo), a la coquetería, los chocolatitos, los almuerzos (Yo invito corazón), ¡ay! como es la huevadita. Se me hizo la difícil por un tiempito. Notaba su resistencia, su remordimiento, una lucha. Yo con cada visita me pasaba un poquito más, la veía analizando, como saliéndose de la escena, verme ahí dándole un pico y preguntarse si era correcto. Nunca lo era, siempre le entraba la pesadez, el remordimiento, el miedo y me mandaba a rodar, me echaba de su oficina y se hacía la cojuda cuando me veía en las reuniones de directorio. Pero yo soy tenaz y ella en el fondo añoraba esa atención que yo le daba, sentirse especial, deseada. Claro, señora cuarentona con marido putañero, viéndolo así podría haber insistido más, pero igual con cada visita llegaba más lejos y ese vértigo es adictivo.

Así llegó el día en que tenía que pasar. Me la chapé, con intención, alevosía y goce. Un chape bien dado. Nada de esos piquitos que parecían accidentales. Las cosas por su nombre caracho. A partir de ese momento ya no nos quedó vuelta que darle. Nos hicimos amantes. La doble vida. El engaño, el gustito de lo prohibido. Al principio bastaba con unos buenos agarres en su oficina, o en el estacionamiento, o en la Costa Verde. Pero muy pronto todo eso perdió dignidad. Ya no éramos ningunos chibolos. Ya no estábamos para incomodidades, ni bochornos. Por eso me busqué este hotel. Lo encontré por recomendación de un amigo, que es como siempre van estas cosas. Pero éste es un amigo con personalidad, con estilo, uno de esos a los que uno siempre mira con esa cojuda mezcla de admiración y envidia. Él sabía las cosas. Claro pues. El hotel era fintero, bien parado, alfombras, aire acondicionado, tina, agua caliente, servicio a la habitación y toallas mullidas. Es cojudo pero yo siempre juzgo la exclusividad de un telo por lo mullidas que son sus toallas. Y tengo razón, apúntate esa. Además era imprescindible que tuviera garaje fuera de la vista. Por lo de la discreción. Lima parece grande pero al final uno siempre se cruza con algún impertinente. Era preciso llegar por separado. Cada quien en su carro. Ya estaba todo listo. Era una noche de jueves. Ella me había dicho que su marido el jueves siempre se quedaba en la comandancia hasta tarde. Sus superiores lo tenían de punto, se había quejado él. Nosotros por el contrario nos escapamos de la oficina ya a mitad de tarde. No dábamos más. Ella quería ir primero a comer algo, a tomar un cafecito quizás. Para entrar en ambiente. Yo estaba demasiado enajenado para esas cosas. Le dije que no, que así de frente nomás, que ahí vendían comida. Quedamos en que yo me adelantaría. Ella llegaría media hora más tarde. Todo iba de acuerdo al plan. Ya tenía el champán destapado, el piqueo mixto ya estaba pedido, la TV encendida, un regalito especial por la ocasión sobre la mesa. Sólo faltaba ella. Ya llevaba 15 minutos de retrazo. No había problema, el tráfico de Lima. Pensé. El tráfico siempre tiene la culpa. Escuchaba susurros en la habitación de al lado, una ambulancia pasaba por la calle, un perro ladraba. De pronto un golpe en la puerta. Era el piqueo. –Pago inmediato por favor caballero. Quédese con el vuelto gracias– Miraba el reloj, media hora tarde. Quizás deba ir quitándome los zapatos. Ay Ismael, tranquilo manito. Nada de angustias, acuérdate que con esta tienes la sartén por el mango. Mira hasta dónde has llegado. El celular vibra. Una llamada de ella. –Aló, ¿sí?. Este. No sé como comenzar. No voy a llegar cariño. Las cosas han cambiado. Estaba ya ahí. Quería estacionarme pero vi su carro en el garaje. El carro de mi marido, la misma placa y todo. Me dio pánico, me fui volando. No sé que pensar. Te llamo luego. Besos.

7