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Ariel
About Ariel
Mi nombre es Ariel, soy publicista y trabajo en producción de comerciales de televisión. Tengo 29 años y me gusta mucho escribir, cuento anécdotas que me han sucedido en algún momento desde mi juventud temprana hasta hoy. A veces creo que mi vida entera es una obra de teatro, aunque rara vez las escenas concluyen según lo planeado en mi mente.

Sin plata para el telo

Cuando tienes que arrancar el mes con un presupuesto limitado, nunca vas a separar plata exclusivamente para salir de juerga, ni para sus actividades derivadas. En primer lugar porque uno se siente culpable de hacerlo (“¿cómo voy a presupuestar plata para trago si hace dos meses que le debo esas cien lucas a Juanca?”) y en segundo lugar porque uno nunca sabe –ni con mediana certeza- cuánto necesitas en realidad presupuestar. Hay meses de sequía en los que ninguna flaca en el tono te atraca una segunda chela –con la condición implícita de quedarse contigo– y otros en los que tienes que bajar la situación a dos manos. Ni los chinitos del Cirque du Solei la barajan así. Tú ya sabes, galanazo.

Ahora, eso de no presupuestar plata pasa factura. Y más temprano que tarde. Hace no mucho mis amigos y yo decidimos organizar una de esas noches de solteros en las que la consigna es campeonar sí o sí. Local elegido: una discoteca en la Av. Petit Thouars, a la altura de Lince. Algunos ya habíamos tenido suerte ahí, así que el sitio estaba con buenas vibras. Luego de tentar suerte (y chelas) en falso tres o cuatro veces, una picó. Tal vez no era la muchacha más linda de la cuadra, pero, como diría un gran amigo “por peores he pasado”. Y aparte se notaba muy dispuesta a la situación.

Dos rones y una chela más tarde, estábamos en el taxi camino a un telo en Miraflores frente a la Vía Expresa, uno con nombre de océano. Uno de mis favoritos en el delicado equilibrio de calidad y precio. Sin embargo, al segundo ron yo ya había notado, con precisión contable, que con las justas me iba a alcanzar para el taxi al telo y luego de vuelta a mi casa. Entonces, caballeroso yo, al momento de pagar la carrera le dije a la flaca que no se preocupara (nunca hizo un ademán de preocuparse tampoco, pero vale igual), que la pagaba yo. Incluso le dejé dos lucas de propina al taxista… como bueno.

Pero al llegar a recepción, hice la del libreto. “Flaquita, pucha, no me di cuenta y estoy en cero balas. Pensé que tenía un billete de cien pero era de diez [como Quiñones y Basadre son bien parecidos]. Le di lo último que tenía al taxista. ¿Crees que la puedes cubrir tú?” Con esas me corrí el riesgo de que me diga que ella tampoco tenía y fue, pero me jugué la carta de que si eliges un lugar de precio razonable y la flaca ya está embalada, no le iba a importar pagar ante tal involuntario descuido ¿qué creen que pasó? ¿Has hecho alguna parecida? Es que al final, todos algunas vez, nos encontramos sin plata para el telo.

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Escatologia

Escatología (fisiología) parte de la fisiología que se refiere al estudio de los excrementos (del griego skatós, ‘excremento’).

Escatología (religión) creencias religiosas referentes a la vida después de la muerte y acerca del final del hombre y del universo (del griego ésjatos, ‘último’).

-Adaptado de Wikipedia

Marianne era una chica de mundo, cosmopolita, fina. Vivía su vida al estilo de los comerciales de ropa más caros, parecía que mientras caminaba por la calle un narrador de publicidad de Saga iba describiendo sus características. Pero no me entiendan mal, a mí Marianne me gustaba desde mucho antes de convertirse en eso. Ella antes era distinta, cuando jugábamos en la vereda que compartían nuestras casas, cuando teníamos ocho años, ella era una niña, no una pose de estilo de vida sofisticado. Y entonces Marianne se fue a vivir a Europa con sus padres cuando era una escolar. Y de repente regresó, veinte años después, y de repente me contactó por el Facebook, y de repente estábamos tomando un café en el Coffee Shop más fino de Lima, uno muy europeo, y de repente ella me empezó a acariciar el muslo bajo la mesa, y de repente me fui un momento al baño, digo, al servicio de caballeros, para consultar con mi billetera si podríamos hacer una excepción ese día y darnos un bien merecido lujo llevándola a un restaurante muy exclusivo, muy cosmopolita, como ella misma era.

Una entradita, un plato de almuerzo para cada uno, mejor tres, ya que ella tenía muchas ganas de probar una variante fusión de su idolatrado pato a la naranja, o pato con naranja, o Ducké Naranjé o no sé cómo iba, estaba en otro idioma. Luego, obviamente postre, para los dos, mejor un postrecito más, para que no se quede con las ganas. Ella no podía terminarlo, lo hice yo, demostrando masculinidad a través del apetito, aunque en realidad desde el segundo plato yo ya no podía más con todo aquél volumen, pero estaba desesperado por demostrarle apetito y solvencia. Apetito en un afán para que ella sexualice mi imagen como la de un macho voraz, y solvencia porque, bueno, ella era una chica de mucha clase.

Y así, luego de conversar durante mucho rato, luego de que me vieran con ella y todos voltearan a mirarnos (admirarla) por donde quiera que caminábamos, yo sentí que nacía un nuevo yo, uno muy fino, muy fashion, adecuado para la envestidura que requería salir con Marianne (¿y ser su novio algún día?), ¿cómo se me vería junto a Marianne en un catálogo de ropa? Seguro nos veríamos perfectos, ¿cómo se nos vería juntos en un yate, con enormes lentes de sol? Me empezaba a gustar la idea, y yo iba disfrutando esa imagen mientras la imaginaba desnuda.

Llegamos al hotel, estacionamiento muy discreto y habitaciones de lujo, un sueño, como ella merecía. Y como yo merecía también, ese día nacía como chico fashion. Era mi bautizo en esa nueva vida, y pues claro que valía la pena exprimir mi tarjeta de ahorros por ese noble objetivo. Ella lucía tan bella, pero sobre todo tan sofisticada, y yo por supuesto que mostraba la talla.

Ella ya debería estar algo ansiosa o tal vez fastidiada. ¿Por qué no fui al baño de la recepción? O mejor dicho ¿Por qué tuve que tragar como un vikingo enorme tanta comida que ni sabía pronunciar? Llevaba ya tal vez unos doce minutos sentado en el lujosísimo inodoro de nuestra lujosísima habitación. Le dije “espérame un ratitito, voy a lavarme la cara, ¿si?” y ella por supuesto accedió mientras yo no aguantaba más. No hice nada de ruido, y terminé finalmente. Lleno de sudor, tiré de la cadena, dos veces, sin resultado. Tiré dos veces más mientras trataba de no entrar en pánico. Nunca iba a pasar. Estaba perdido. La única solución posible sería pedir otra habitación, inmediatamente, antes de que ella ingrese al baño y se encuentre con la enorme desgracia. La evidencia de mi delito gastronómico nunca iba a desaparecer del fino inodoro, nunca iba a atravesar la canaleta y nunca se iba a ir. Tiré de la cadena en total seis veces, ella ya lo sabría, estaba casi seguro, salí del baño, seguramente rojo como un tomate, y le pedí que me esperara un momento. Ella me miró extrañada, y salí raudo de la habitación, redoblé el paso por las escaleras, casi atropellé a una pareja que subía lenta y tímidamente, “sorry, sorry”, llegué a recepción, saqué cincuenta soles más de mi usualmente tacaña billetera, y conseguí el cambio de habitación, argumentando a la recepcionista “fallas en el baño”. Se rió sin disimulo y me dio una nueva llave y control remoto. Subí rápidamente, esperando que en esos siete minutos Marianne no haya entrado al baño. Eso nunca lo supe, cuando entré ella estaba en la cama, aún vestida y noté su dificultad para mirarme a los ojos. Le dije que nos habían cambiado de habitación porque esta yo la encontraba muy fría. “Okey, vamos, ¿pero podemos ver televisión nomás?” me dijo mirando por la ventana, mientras yo me daba cuenta de que mi nacimiento como chico elegante y con mucha clase había llegado a una muerte súbita y sobre todo prematura.

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Galán de Cine

-¿Y tienes carro me dices?

-Obvio, mi viejo me lo regaló hace un mes, cuando cumplí dieciocho. Está nuevecito.

-Okey, pásame a recoger a las diez y media, a dos cuadras de mi casa, hacia la avenida, le dije a mi papá que voy a salir con unas amigas, no sería buena idea que te vea a ti ni a tu carro, pues, Meteoro.

Y salí listo para recogerla, una pulverizada con el mejor perfume de mi viejo, bastante gel en el pelo al estilo de galán de cine norteamericano y una casaca de cuero impecable y negra.

Hacíamos juego, combinábamos bastante bien, ella también usaba cuero pero en las botas, muy distinta a cómo iba vestida a la academia normalmente. Estaba seguro de que combinábamos muy bien con el carro negro reluciente además. Parecíamos salidos de la televisión, de alguna película adolescente.

-¿Y a dónde vamos? ¿Café o me vas a llevar a tonear?

Díselo, directamente, si no quiere ¿qué puedes perder? nada. No puedes perder lo que no tienes.

-¿Vamos a un telo?

-Ja, ja ja. ¿Así me piensas enamorar, en serio?

-Ehhhmmmm ¿sí?

Me miró casi compasivamente, pero con ternura.

-Vamos, tonto.

Y nos fuimos, a esa hora no sería tan difícil encontrar uno con cochera disponible. Gran error. No sé si todas las habitaciones estaban llenas en todos los hoteles del distrito, pero sus cocheras definitivamente lo estaban. Yo reía nerviosamente tratando de hacerle creer que controlaba la situación, hasta que noté que se impacientaba. ¿Y si al final se aburre y ya no quiere entrar? Tenía que encontrar un lugar con cochera rápido. ¿Y si dejaba el carro en la calle nomás?

Y a los pocos minutos por fin encontré uno. Se leía “Cochera Libre” en un feo letrero amarillo al lado de la puerta, y la flecha que estaba inscrita ahí señalaba una rampa en descenso demasiado pronunciada para mi gusto y mi experiencia.

Me adentré en la rampa con mucho cuidado, a paso de tortuga y grande fue el susto cuando a cinco metros frente al auto apareció el vigilante haciendo gestos con ambos brazos, los movía frenéticamente de forma horizontal. Ya no había espacio. Maldije al último usuario que había llegado al hotel y me había quitado ese sitio que era para mí. Ella me miró con rostro aburrido, enojada conmigo ¿Por qué? ¡No fue mi culpa¡ y no había espacio para rotar dentro del reducido estacionamiento. “Salga en retro nomás, maestro” me indicó la máxima autoridad de aquella improvisada pista de aterrizaje y yo, aunque ya no me sentía como un actor de película, y con el fin de llevar a cabo la faena en algún otro hotel con mejor estacionamiento, estaba obligado a seguir proyectando mi imagen de macho alfa.

El motor se apagó dos veces por mi adormitada poca destreza al volante, la cual venía a despertar justo en el momento menos oportuno. Logré encenderlo finalmente y poner retroceso en aquella rampa tan mal construida que tenía casi sesenta grados de inclinación. Y saliendo en retroceso, muy inclinado y con mucho miedo, pasé de ser un héroe de acción a ser el tonto favorito de cualquier comedia cinematográfica.

Golpe, nos chocamos con una camioneta 4×4 que entraba justo por donde yo planeaba salir, mejor dicho la choqué yo. Y pude escuchar a la serpiente de cascabel que se burlaba de mí por detrás de mi cabeza un segundo antes de devorarme, el sonido de los cristales rotos.

El robusto ejecutivo treintón se bajó despotricando de su camioneta mientras pensaba dónde me iba a golpear primero.

-¿Tu papá te pagó el seguro de tu carro también? Si lo hizo no pasa nada, tranquilo.

-No es mi carro, es de mi viejo, y lo saqué sin permiso.

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Magia

¿Sabes cómo conocí a Maribel? Fue en una fiesta, en mi fiesta de graduación del colegio. Ella fue con el gordo Salinas, y mi pareja, la chata Fiorella, me plantó tres días antes de la fiesta para ir con un tablista colorado. Y así fue que en la fiesta más importante de mi vida, me encontré sólo caminando alrededor de las mesas, cuando Maribel se me acercó y me invitó a sentarme a su lado, junto un alcoholizado gordo Salinas, a quien no parecía importarle que la chiquilla me cogiera de la cintura y me hablara al oído contándome sobre su vida, y es que o no le importaba compartir a su pareja conmigo o tal vez sólo prefería concentrarse en no vomitar sobre su finísimo terno nuevo.

Y nos enamoramos en esa fiesta, y salimos, y fuimos novios al poco tiempo. A mi madre no le gustaba mucho Maribel, sobre todo cuando le conté cómo nos conocimos, no le gustaba que ella haya tomado la iniciativa habiendo ya tenido acompañante a aquella fiesta, no le gustaba que en todas las fiestas a las que acudíamos ella concluyera la jornada con una soberana borrachera, y es que mi madre se enteraba de todo porque yo se lo contaba, porque ella es mi mejor amiga, porque yo amo a mi mami.

Pero Maribel era la mujer de mi vida, tenía una sonrisa eléctrica difícil de resistir, tenía unos ojos marrones que combinaban tan lindo con su pelo castaño, tenía una piel tan lozana y una voz de niña buena que hacía un contraste tan provocador con sus párpados delineados de negro siempre, que terminé por volverme loco por ella, y jurarle amor eterno y sentirme dichoso por ser correspondido.

Y así pasó algo más de un año, Maribel cumplió la mayoría de edad casi al mismo tiempo que yo. Y a pesar de que mis amigos me decían que ella les coqueteaba cada vez que yo me volteaba o me iba al baño o a comprarle una gaseosa, a pesar de que me decían que a mis espaldas ella les rozaba la mano cariñosamente, yo siempre supe que era envidia. Envidia pura y venenosa por no tener ellos la dicha de tener a su lado a la chica más bonita del mundo, a la mejor enamorada, a la que me preparaba postres todas las semanas, con la que me acurrucaba cada vez que teníamos frio y a la que no se dejaba ni tocar los muslos porque era virgen. Así es, yo iba a ser el primero en probarla, y es que era mi derecho y no cabía en mí mismo toda la dicha que eso me causaba.

Y así, después de la fiesta de cumpleaños de Matallana, nos fuimos en mi carro a las tres de la madrugada surcando lentamente la avenida Aviación. Ella me había dicho desde muy temprano que esta sería la noche en la que ella me iba a entregar su virginidad. Y a pesar de una leve borrachera que delataba su aliento, puedo jurar que no hubo para mí momento más romántico en mi vida. En la madrugada, manejando lentito por la avenida buscando mi primer hotel, nuestro primer hotel. Mágico.

Tuvimos una faena mediocre, la ira me hizo embestirla debajo de las sábanas de mala gana y violentamente, mientras yo mismo lloraba, y fue todo por culpa del contraste. Unos segundos antes mi novia impoluta me había ofrecido entregarme su inocencia, y al llegar al hotel, con la sinceridad que sólo puede emanar de la distraída boca de una persona ebria , me dijo “Este hotel es buenazo, aunque no vengo hace como dos meses”.

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