Amor prohibido

Ese fue mi error. Me faltó pensar, anticipar, calcular fríamente. Así soy siempre con las mujeres que me ponen. No pienso en nada. Sabía que su marido era tombo pero me faltó la conexión. No hay tombo que no sea putañero, y ese hotel también era burdel. Ahí estaba el detalle. Ahí te faltó pensar Ismael. Pero daba igual, cosas así son impredecibles, es la vida del artista.

Llevaba ya muchísimo tiempo trabajándola. Su oficina estaba en el área de contabilidad. Yo, ni corto ni perezoso por cualquier facturita, cualquier corrección, me olvidaba del e-mail, del teléfono y pasaba por ahí. Ah, la vida ejecutiva que pendeja es. Porque ella tenía una oficina para sí misma. Sin sapos, sin entrometidos –Hola Ismaelito que gusto. Ismaelito hace tiempo que no pasas a visitarme, seguro que tienes otra. Ismaelito pasado mañana es mi santo, no te olvides– Así pasamos lentamente de las bromitas subidas de tono a los masajitos inocentes, a compartir el mismo cigarro (Y yo ni fumo), a la coquetería, los chocolatitos, los almuerzos (Yo invito corazón), ¡ay! como es la huevadita. Se me hizo la difícil por un tiempito. Notaba su resistencia, su remordimiento, una lucha. Yo con cada visita me pasaba un poquito más, la veía analizando, como saliéndose de la escena, verme ahí dándole un pico y preguntarse si era correcto. Nunca lo era, siempre le entraba la pesadez, el remordimiento, el miedo y me mandaba a rodar, me echaba de su oficina y se hacía la cojuda cuando me veía en las reuniones de directorio. Pero yo soy tenaz y ella en el fondo añoraba esa atención que yo le daba, sentirse especial, deseada. Claro, señora cuarentona con marido putañero, viéndolo así podría haber insistido más, pero igual con cada visita llegaba más lejos y ese vértigo es adictivo.

Así llegó el día en que tenía que pasar. Me la chapé, con intención, alevosía y goce. Un chape bien dado. Nada de esos piquitos que parecían accidentales. Las cosas por su nombre caracho. A partir de ese momento ya no nos quedó vuelta que darle. Nos hicimos amantes. La doble vida. El engaño, el gustito de lo prohibido. Al principio bastaba con unos buenos agarres en su oficina, o en el estacionamiento, o en la Costa Verde. Pero muy pronto todo eso perdió dignidad. Ya no éramos ningunos chibolos. Ya no estábamos para incomodidades, ni bochornos. Por eso me busqué este hotel. Lo encontré por recomendación de un amigo, que es como siempre van estas cosas. Pero éste es un amigo con personalidad, con estilo, uno de esos a los que uno siempre mira con esa cojuda mezcla de admiración y envidia. Él sabía las cosas. Claro pues. El hotel era fintero, bien parado, alfombras, aire acondicionado, tina, agua caliente, servicio a la habitación y toallas mullidas. Es cojudo pero yo siempre juzgo la exclusividad de un telo por lo mullidas que son sus toallas. Y tengo razón, apúntate esa. Además era imprescindible que tuviera garaje fuera de la vista. Por lo de la discreción. Lima parece grande pero al final uno siempre se cruza con algún impertinente. Era preciso llegar por separado. Cada quien en su carro. Ya estaba todo listo. Era una noche de jueves. Ella me había dicho que su marido el jueves siempre se quedaba en la comandancia hasta tarde. Sus superiores lo tenían de punto, se había quejado él. Nosotros por el contrario nos escapamos de la oficina ya a mitad de tarde. No dábamos más. Ella quería ir primero a comer algo, a tomar un cafecito quizás. Para entrar en ambiente. Yo estaba demasiado enajenado para esas cosas. Le dije que no, que así de frente nomás, que ahí vendían comida. Quedamos en que yo me adelantaría. Ella llegaría media hora más tarde. Todo iba de acuerdo al plan. Ya tenía el champán destapado, el piqueo mixto ya estaba pedido, la TV encendida, un regalito especial por la ocasión sobre la mesa. Sólo faltaba ella. Ya llevaba 15 minutos de retrazo. No había problema, el tráfico de Lima. Pensé. El tráfico siempre tiene la culpa. Escuchaba susurros en la habitación de al lado, una ambulancia pasaba por la calle, un perro ladraba. De pronto un golpe en la puerta. Era el piqueo. –Pago inmediato por favor caballero. Quédese con el vuelto gracias– Miraba el reloj, media hora tarde. Quizás deba ir quitándome los zapatos. Ay Ismael, tranquilo manito. Nada de angustias, acuérdate que con esta tienes la sartén por el mango. Mira hasta dónde has llegado. El celular vibra. Una llamada de ella. –Aló, ¿sí?. Este. No sé como comenzar. No voy a llegar cariño. Las cosas han cambiado. Estaba ya ahí. Quería estacionarme pero vi su carro en el garaje. El carro de mi marido, la misma placa y todo. Me dio pánico, me fui volando. No sé que pensar. Te llamo luego. Besos.

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