Amor prohibido III

Era jueves, casi una semana había pasado desde aquel debacle. El fénix tenía que resucitar de las cenizas. Tenía que lamerme las heridas, había que ser tenaz y, sobretodo, caradura. Un amigo una vez me dijo que el éxito nunca se tiene, solo se finge. Las cosas en la oficina seguían su curso, Lorena, Cecilia, María del Carmen, todas podrían irse al cacho. Bueno, María del Carmen, aun no, primero quería que me de lo mío. El plan había comenzado a funcionar. Como era de esperarse Balladares había regado el chisme por toda la empresa. Los hechos eran irrelevantes, la fantasía es más interesante aun, María del Carmen se me acababa de acercar, tensa, indignada, despechada, tal y como la quería ver, me había dicho que era un sinvergüenza, un canalla mujeriego. Le pregunté por qué, me dijo que no me haga, que bien sabía, le dije que no, que la gente hablaba sin saber, era el momento de dominar otra vez, un giro de capa y la primera estocada estaría puesta, no hagas caso a las habladurías, tu sabes que con quien quiero estar es contigo mujer, le dije. Vi su expresión suavizarse, la vi respirar profundo, casi en suspiro, dudaba. Ya sabes donde encontrarme, le dije misterioso. Le di un abrazo breve y seguí andando por el pasillo, cómodo, campante. Era un día cargado, llegaba el fin de mes, balance de cuentas, reportes por aquí, reuniones por allá. Muy rápidamente me olvidé de ese pequeño encuentro con María del Carmen. Las horas volaron, nadie salió a almorzar, alguien pidió pizzas y gaseosas. Había que chambear a destajo. Más movimiento, más errores que corregir, contabilidad creativa, llegaba la hora de irse a casa, sabía que no podía irme, me quedaban por lo menos tres horas de trabajo. Tiene algo de triste ver la oficina vaciarse, como poco a poco los teléfonos dejan de sonar, las voces se diluyen, las luces se encienden, la concentración aumenta, cuando dieron las nueve solo quedábamos tres compañeros, Rómulo Mendoza, Víctor Chunga y yo. Les dije, muchachos, gracias por el sacrificio, enviemos el reporte y salgamos de este lugar. Se han merecido un trago, yo invito. En la calle el aire era frío, íbamos estirando los músculos, aflojando la modorra de un día entero encerrados. Había una sensación de éxito, de mérito, de orgullo. Fuimos a un bar que se llamaba El Zopilote. Era pequeño y acogedor. El dueño era también el bartender. Se llamaba Erendido y su pasión era el tequila. Tenía una colección inmensa, y era casi ofensivo beber alguna otra bebida en ese lugar. Nos resignamos a la ley y nos pedimos tres copas de un mezcal reposado. Según dijo Erendido, había que beberlo con calma, nada de limón y sal, nada de seco y volteado. Con tranquilidad. El trago hizo rápidamente su efecto. Esa sensación de bienestar que da una copa en mano al final de un día bien aprovechado. Como siempre, de una cosa viene otra. Erendido se había soltado con una anécdota de una amiga suya, una vedette de moda quien venía cada jueves a beberse un tequila con el. Decía que le había cogido gusto durante los años que vivió en México. Aquí entre nos, decía Erendido. A mi se me hace que fue amante de un narco. El que puede puede y el que no aplaude. Dijo Erendido haciendo un mueca medio obscena. Sin decirlo en voz alta se me ocurrió quedarme sentado en ese taburete hasta que la dichosa vedette apareciera. Entre la segunda y la tercera copa vi una llamada perdida en mi celular. Era de María del Carmen. Me pregunté que qué podía ser. Decidí hacerme el difícil y por esta noche ignorarla. Apagué el celular y me puse a escuchar la nueva historia que contaba Erendido. Era acerca de un boxeador que conocía quien hace poco había salido del armario. Mendoza y Chunga reían a carcajadas. De pronto el teléfono de Chunga comenzó a sonar. La melodía era un perreo sórdido. Los demás reímos aun más. Chunga se precipitó a la calle a hablar. Unos minutos más tarde estaba de regreso. Nos vamos muchachos. Anunciaba. Este, como, adonde. Pero vamos a tomarnos otra copita con calma. Intenté comentar. Ni de a vainas. Tenemos mejores planes, dijo Chunga con cara de truco. Me acaba de llamar un pata. Dice que esta de camino al Escarlata, que nos espera ahí. Nos vamos. Dijo tácito. Y eso donde es. Pregunté inocente. Es un bar bien bonito, donde te la vas a pasar muy bien, vamos comparito, yo te guío. Insistió Chunga. Yo lo secundo. Añadió Mendoza. Erendido nos pasó la cuenta al instante. Al despedirse me miró también con cara de truco. Hasta la próxima. Cuídense bien ah. Cogimos un taxi. Al Escarlata jefe. Ocho luquitas muchachos. Dijo el taxista mirando otra vez con cara de truco. Me empezaba a preguntar de qué iba el juego este. Una vez en el lugar no pude detectar nada raro. Gente, bebidas, música. Había chicas muy guapas bebiendo, conversando, había varias parejas bailando, todo en orden. Fui a la barra y me pedí un whisky con coca cola. Una chica me sonreía al otro lado del local. Bebí un primer sorbo y me hice el disimulado. Busqué con la mirada a mis compañeros. Se me habían perdido en el tumulto de la pista de baile. Otra vez volví a cruzar miradas con la misma chica. Me seguía sonriendo. No podía ya hacerme el loco. Le hice un queco que le hizo reír. Me sentí inspirado. Bebí otro sorbo de mi bebida. Esta vez un sorbo largo. La chica se había acercado un poco. Bailaba con una amiga suya a dos metros de donde yo estaba. No me quitaba la mirada de encima. Ahora podía verla de cuerpo entero. Era espectacular. No sé si era el trago o yo pero me vino una sobredosis de confianza. Con seguridad y una sonrisa inquebrantable me acerqué a ella. Bailamos. Le pregunté. Pero por supuesto me dijo riendo con la boca abierta. A mi las risas con boca abierta siempre me han puesto nervioso, aunque no la suya. No sé qué demonios decíamos. Solo sé que tenía acento Colombiano y que se me pegaba muchísimo al bailar. Estaba hipnotizado. Mis palabras parecían importantes, mis movimiento magistrales, mis bromas delirantes, mi voz profunda, mi cuerpo atlético. Bailando con ella me sentí, comporte y en definitiva era un ganador. Hay cosas para las que uno no requiere explicaciones. Mejor está culpar a la buena suerte y embarcarse sin boleto en lo que se presente. Esta no se me iba a escapar. La sujeté de la cintura y me la llevé a pasitos de cumbia al fondo de la pista. Su amiga bailaba con otro hombre. En un descuido me mordió la oreja. Estaba volviéndome loco. La apreté en mis brazos. Intenté buscar sus labios. Ella se giró coqueta. Me  dejó sus tremendas caderas en las manos y la sangre en llamas. Aquí no. Me dijo en un susurro. Cabe decir que los susurros con acento Colombiano cuentan por tres. Salimos del lugar. Me llamó la atención que no se despidiera de su amiga. Pero yo ya estaba en esa fase de la noche en la que el bien justifica todo medio, asi que me dedicaba a no percatarme de nada sospechoso. Nos alejamos un poco caminando. Conozco un lugar por aquí papito. ¿Vienes conmigo? Preguntó haciendo pucherito. Yo la acompañaría al infierno. Me dijo que había que pagar. Yo pensé que no era la primera vez que pagaba un hotel. Hice un conteo imaginario de mi billetera. Vi como cien soles. Basta y sobra. Pensé. No hay problema, vamos bombón. Dije cargado de mi confianza recién adquirida. Cinco minutos después entrábamos de la mano al hotel. No había que pagar de inmediato. En esa casa había estilo, solo bastaba con dejar el DNI. Dijo el recepcionista, portero, bartender, wachiman, recogebola y demás, que nos atendió. El también el me puso cara de truco. Yo estaba resignado y sobretodo concentrado en la mujer que caminada delante de mí. Una vez en la habitación se excusó un momento para ir al baño. Yo comencé a deshacer la cama, cerrar cortinas, encender la televisión, abrir botellas del minibar, creando ambiente según yo. Al cabo de unos minutos salió del baño. Se había quitado la blusa. Venía hacía mi a trote felino. Sujetador de encaje, falda corta, portaligas, tacones, uff. Estaba perplejo, aterrado, incendiado. De un empujón suave me hizo sentar sobre la cama. De un movimiento seco se arrodillo frente a mí. Acariciaba mi pantalón por afuera, lo desabrochaba lentamente, bajaba la cremallera. Se detenía, dejaba su mano cerca, seguía tentándome. Me hablaba con palabras lentas, con carita picara. Antes de seguir papito, me dijo segura, mejor hablemos de negocios ¿Ok?. Pasé un trago de saliva agria. Demoré un poco en comprender. Creo que no quería comprender. Me acordé del conteo imaginario de mi billetera. No me alcanzaba para la transacción. No quería ni saber el precio. No vale la pena contar los detalles. Pagué el hotel y le di el resto a ella. Creo que ni siquiera estaba tan enfadada conmigo. Quisiera creer eso. Fue bochornoso. Felizmente que estaba ebrio. De camino a casa, a pie y misio, volvía a encender mi celular. Había otras tres llamadas perdidas de María del Carmen. También me había dejado un mensaje en la casilla de voz. Estaba iracunda. Me había esperado toda la noche. Sola, bella y totalmente dispuesta en aquel hotel de nuestra primera noche abortada. Todo en vano. Maldita comunicación. Perdí soga y cabra.

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